martes, 16 de enero de 2018

Recaredo, primer rey de España

Tras la muerte de Leovigildo en abril de 586, su hijo Recaredo (Reikareiks), asociado al trono varios años antes, regresó desde Septimania a Toledo para ser proclamado rey por los nobles en una innovadora ceremonia al estilo bizantino. Se trataba de la segunda sucesión pacífica dentro de la misma familia, un hito de estabilidad no visto en 100 años entre los godos. Heredó de su padre un reino unido, fuerte, con el tesoro público saneado, y con una sociedad dividida en godos dominadores e hispanorromanos dominados en vías de fusionarse, tras la abolición hecha por Leovigildo de la ley que prohibía los matrimonios mixtos. Únicamente persistía la separación religiosa, que ya afectaba a los propios godos, divididos entre los tradicionalistas arrianos y los cada vez más numerosos conversos al catolicismo.

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El gobierno de Recaredo se apoyó en varios nombres clave: de su padre había heredado una incipiente corte o cubiculum, copiada de la imperial, cuya cabeza era el duque Argimundo, estrecho colaborador de Leovigildo. Recaredo buscó como consejera a su madrastra Godsuinta, la reina viuda, de gran peso por sus relaciones familiares tanto dentro de la nobleza goda como con los reyes francos, con los que había emparentado. Más significativo es el apoyo que Recaredo tuvo en el duque de la provincia Lusitania, llamado Claudio. Este personaje supone un cierto misterio histórico. El nombre es romano, y los germanos jamás ponían a sus hijos nombres romanos. Existen dos hipótesis: una supone que en efecto el duque era hispanorromano, lo cual constituiría un caso absolutamente extraordinario de nombrar a un hispano para un cargo administrativo militar (un romano solo podía ostentar cargos civiles con autoridad exclusiva sobre romanos, nunca sobre godos). La otra hipótesis sugiere que Claudio se trataba de un godo que (como era costumbre en aquellos años) al convertirse al catolicismo había cambiado su nombre por uno romano. Esto elimina la anomalía de nombrar a un romano para un cargo militar, pero es fuertemente sugestiva de novedades sustanciales en el reino: con Leovigildo, los godos católicos habían sido perseguidos. Ahora, uno de ellos se convertía en la mano derecha del rey.

Durante su reinado, Recaredo siempre honró la memoria de su padre, pero es evidente que no compartía todas sus acciones. La primera decisión que tomó fue el arresto y ejecución de Sisberto, el carcelero que había degollado a su hermano mayor Hermenegildo un año atrás. Siguiendo la política de Leovigildo en sus últimas disposiciones, anuló los castigos a los católicos: el monje Juan de Biclaro vio levantado su destierro en Barcelona y regresó a su monasterio, y al obispo de Sevilla, Leandro, se le permitió regresar de Constantinopla (ciertamente hay un debate al respecto, pues algunos opinan que ya regresó en los últimos meses de Leovigildo).
No obstante, el primer asunto que hubo de atender fue la guerra en curso que los francos tenían declarada al reino desde 585. De hecho, durante su viaje primaveral a Toledo para su coronación, el duque franco de Aquitania Desiderio (teóricamente vasallo del rey franco de Neustria, pero en la práctica independiente), había tratado de aprovechar su ausencia para tomar la ciudad de Carcasona. Tras derrotar inicialmente a los defensores, había fracasado en el asalto a las murallas, hallando la muerte y siendo puestas en fuga sus tropas. Por consejo de su madrastra Godsuinta, Recaredo envió embajadores a los reyes francos demandando la paz. La embajada a Austrasia encontró eco favorable en la regente Brunequilda, hija de Godsuinta, que gobernaba en nombre de su hijo de 11 años, Childeberto II, y consintió en firmar la tregua con el nuevo rey godo (sin duda, la ejecución de Sisberto había sido buena prueba de la buena voluntad de Recaredo para hacer justicia). Pero en Borgoña los propósitos de paz fracasaron. Tal vez sea comprensible en cierto modo: el rey Gontrán, primogénito de Clotario y nieto del gran Clodoveo, había sido derrotado y capturado en la desastrosa expedición que su padre y su tío habían dirigido contra el valle del Ebro en el año 541, sufriendo la humillación de pagar rescate a los godos por su liberación; había visto a su tía Clotilde morir por los maltratos de su esposo godo, a su sobrina Ingunda padecer persecución y morir en el destierro por sus suegros godos. El rey de Borgoña albergaba demasiado rencor personal y se negó a recibir a los embajadores de Recaredo, cerrando la frontera entre su reino y la provincia septimania. En represalia, los visigodos llevaron a cabo varias expediciones punitivas en el bajo Ródano.
Entre finales de 586 y principios de 587 podemos situar el camino de conversión personal de Recaredo al catolicismo. Es imposible saber con precisión cuando sintió el príncipe vacilar sus convicciones arrianas. Al igual que en el caso de Constantino, el cálculo político y la fe personal pesaron en una proporción cuyo alcance es difícil de calibrar. Si bien Recaredo arriesgó menos que aquel emperador al modificar la situación religiosa del reino, no es menos cierto que en su vida personal fue mucho más piadoso y ejemplar. La primera noticia cierta que tenemos data de enero de 587, cuando convocó un encuentro con los obispos arrianos del reino (con la autoridad que le proporcionaba ser la cabeza religiosa de la iglesia arriana en Hispania), en la que les propuso que se reunieran con los obispos católicos para hallar la verdadera fe. El rey estaba preocupado por la división religiosa del reino, y la debilidad que acarreaba. Los arrianos aceptaron, y tuvo lugar un inusual sínodo a finales del mes, en el que obispos arrianos y católicos debatieron. Desconocemos en profundidad cómo se desarrollaron las discusiones, pero sí sabemos un detalle revelador: el rey intervino para recordar que en tiempos de su padre un obispo arriano había fracasado al tratar de curar a un ciego, y que no se conocía ningún milagro obrado por obispos arrianos, mientras abundaban los atribuidos a católicos. Era evidente que Recaredo había comenzado a modificar su postura, y la mayoría de los obispos arrianos abandonaron el sínodo sin querer abjurar de su fe. En febrero de 587, se reunió discretamente con varios obispos católicos (entre ellos Leandro de Sevilla) y les declaró su convencimiento de la verdad del catolicismo, siendo ungido en el mismo acto con el crisma santo y bautizado en la fe católica.
Un rey visigodo, por primera vez en la historia, se había convertido al catolicismo de los romanos. Aunque la conversión fuese puramente personal, era impensable que eso no tuviese consecuencias en una iglesia nacional y regalista como la arriana, y aunque fuese secreta, no tardó mucho tiempo en ser conocida, pues el abandono del rey de los cultos arrianos, de los que era presidente, no podía pasar inadvertido. En abril del mismo año se hizo notoria, cuando el rey ordenó que la iglesia de Santa María, la más importante de Toledo, fuese confiscada a los arrianos, consagrada en católico y entregada al metropolitano de la capital, como nueva sede. En la corte comenzaron a producirse conversiones oficiales en cadena, comenzando por la reina viuda, Godsuinta, y el obispo arriano de Toledo, Uldila.



El resto del año 587 lo dedicó Recaredo a la diplomacia con los francos. Tras el fracaso del primer intento de matrimonio con la princesa Ringhuntis de Neustria en 584, había tenido un hijo ilegítimo ese mismo año, al que puso por nombre Liuva. Aprovechando sin demora su flamante posición como monarca católico, envió ahora una nueva embajada a Austrasia, que ofreció a Brunequilda y Childeberto II sellar una alianza por medio de su matrimonio con Clodosinda, hermana menor de la infortunada Ingunda y del joven rey franco, ofreciendo su conversión religiosa y 10.000 sueldos de oro como garantía. Probablemente también hizo entrega de las ciudades de Juvignac y Corneilhan, pertenecientes a Septimania y que por esta época pasaron a dominio franco. Madre e hijo aceptaron la alianza, el dinero, las ciudades y las explicaciones de Recaredo, proclamando solemnemente que el rey godo no tenía culpa alguna de la muerte en cautiverio de Ingunda y el asesinato de su esposo. En cuanto a la mano de Clodosinda, adoptaron una actitud menos colaboradora, remitiendo a los embajadores a la decisión del rey de Borgoña que había apadrinado a su sobrino austrasiano. Eso era tanto como decir que no, pues Gontrán de inmediato se opuso al acuerdo matrimonial. Su odio era muy profundo, y no se conmovía con el bautismo del rey godo. El matrimonio con Clodosinda jamás tuvo lugar, y Recaredo se casó poco después con una noble visigoda llamada Baddo, de la que no tendría descendencia.
Si el rey pensaba que sus únicos problemas iban a venir de Borgoña, estaba muy equivocado. La aparente docilidad con la que los godos arrianos habían aceptado el nuevo estado de cosas era engañosa. A principios de 588, Sunna, el obispo arriano de Mérida, la capital de Lusitania, urdió una conjura de amplio alcance entre los godos de la provincia, tanto arrianos como algunos que habíanse convertido al catolicismo y que abjuraron en secreto. Incluía a varios condes ciudadanos, entre los que conocemos los nombres de Vagrila, Viterico y Segga (probablemente el conde de la capital provincial), el cual sería proclamado rey y restauraría el arrianismo. El plan era que Viterico asesinara al obispo católico Masona (que había sufrido persecución bajo Leovigildo) y al duque de Lusitania Claudio, el consejero militar del rey; otros conjurados prepararon el asesinato de las autoridades hispanorromanas de Mérida en la Pascua, mientras se dirigían en procesión desde la ciudad hasta la basílica de santa Eulalia extramuros, escondiendo las espadas en carros de trigo. El conde Viterico se presentó ante el duque Claudio y delató toda la trama. Fueron capturados todos los cabecillas, salvo Vagrila, que se acogió a sagrado en la iglesia de santa Eulalia. Los conjurados fueron enviados a Toledo: al cabecilla Segga se le aplicó el castigo de los usurpadores, amputándole las manos (igual que a los ladrones) y desterrándolo a Galicia. A Sunna, el rey le prometió un obispado en otra provincia si se convertía al catolicismo, pero el prelado rechazó la oferta, contestando con orgullo que estaba dispuesto a morir por el arrianismo. Es inevitable que acuda a nuestro recuerdo el caso exacto, pero opuesto, de Leovigildo con Masona, que también rechazó el premio a cambio de la abjuración. Sunna se exilió en Mauritania, donde se dice que hizo muchas conversiones al arrianismo antes de morir. Claudio preguntó al rey qué hacer con el refugiado Vagrila, y este ordenó la entrega del traidor y su familia como esclavos, y todos sus bienes, a la iglesia de Mérida. El compasivo obispo Masona, no obstante, le puso en libertad generosamente devolviéndole todos sus bienes sin más penitencia que una muy curiosa y simbólica: correr un trecho delante del caballo del diácono Redempto. Las iglesias y sus bienes que Leovigildo había incautado en 582 a los católicos para entregarlas a los arrianos, fueron ahora devueltas.

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Pero esta no era la única conjura en curso en el año 588: en Septimania el obispo arriano de Narbona, Atahaloc, y los condes ciudadanos Granista y Wildigerno prepararon una rebelión para destronar a Recaredo y restaurar el arrianismo. Mas prudentes que los emeritenses, se pusieron en contacto secretamente con el rey Gontrán de Borgoña, el cual les garantizó su ayuda. Podemos ver aquí lo relativo de la causa religiosa en las querellas de este siglo: un rey católico auxiliando a unos rebeldes arrianos contra su legítimo y católico rey. Mientras dejamos a estos conspiradores preparando su acción, nos trasladamos a Toledo, donde Recaredo se llevó un susto de consideración, al descubrirse una nueva conjura, esta vez dentro de su propia corte, a principios de 589: nada menos que su madrastra Godsuinta y el obispo Uldila, que planeaban destronarle. Aunque en este caso no hay constancia expresa, parece que de nuevo la restauración del arrianismo era el motivo principal, pues aprentemente ambos habían abjurado en secreto de su reciente conversión pública. La anciana Godsuinta murió de forma natural al poco de descubrirse la conjura. La ferviente arriana había sido una figura fundamental en la historia del reino los últimos 30 años: esposa del rey Atanagildo, al que dio dos hijas que se convirtieron en reinas de Neustria y Austrasia (la menor, Brunequilda fue figura importantísima en la historia de los reinos francos); enlazada en segundas nupcias con el rey Leovigildo, con quién formó equipo inseparable, casó a su hijastro Hermenegildo con su nieta Ingunda, a la cual maltrató por no convertirse al arrianismo, provocando en cierto modo la guerra civil que siguió. Consejera de su otro hijastro Recaredo, concluyó su agitada vida tras ser detenida y procesada por traición. En cuanto a Uldila, fue desterrado a una provincia desconocida.
Agobiado por la agitación que su nueva profesión religiosa estaba produciendo en todos los visigodos del reino, Recaredo decidió acelerar el proceso, convocando un sínodo que sellara la conversión general de toda la nación goda (en virtud de su autoridad real) a la fe católica. El 5 de mayo de 589 derogó la ley que prohibía los concilios católicos, y solo 3 días después presidió en persona la apertura del III Concilio general de Toledo, el más trascendental de todos los concilios toledanos. A él asistieron todos los obispos católicos, mas los arrianos abjurados, así como muchos nobles godos, entre ellos todos los miembros del aula regia (la corte). La dirección eclesiástica corrió nominalmente a cargo del veterano perseguido Masona de Mérida, pero fue Leandro de Sevilla (el auténtico fatuor de la conversión de la familia real) el alma del mismo, auxiliado por Eutropio, abad de Servitanum (cerca de Játiva). El rey entregó un tomo al concilio para su lectura. En él, “declara anatema las enseñanzas de Arrio, Macedonio, Nestorio, Eutiques y demás heresiarcas condenados, y reconoce como verdadera la doctrina de los concilios de Nicea, Calcedonia, Éfeso y Constantinopla”. También recordaba que había llevado a la fe a la nación de los godos y a la de los suevos (oficialmente arrianos de nuevo tras la conquista de su reino por Leovigildo 4 años atrás). Los obispos prorrumpieron en aclamaciones y acciones de Gracias a Dios. El rey se levantó y condenó las herejías, confirmando todos los artículos del credo católico. A continuación repitió sus palabras la reina Baddo, y después los 8 obispos arrianos abjurados, los sacerdotes y los magnates godos. Todos ellos firmaron los 23 artículos de condena de cada una de las afirmaciones heréticas arrianas. Políticamente, esta conversión de iure de toda la nación goda al catolicismo, tuvo una importancia difícil de exagerar. En la práctica, significaba la entrada del reino en el conjunto de naciones de la Cristiandad, sujeta en lo doctrinal a las enseñanzas de los concilios ecuménicos y a la autoridad del obispo de Roma. En lo material suponía, sencillamente, que godos e hispanorromanos ya no estaban separados por ningún obstáculo, y desde ese momento, constituían un solo pueblo. Había nacido el reino católico de España.
Aparte de esta fundamental acción política, el concilio trató de muchos temas disciplinares, y los mismos padres conciliares reconocieron cuánto daño había hecho a la Iglesia la prohibición de realizar concilios durante casi 40 años: se ordenó la separación a los sacerdotes que conservaban su mujer tras el ordenamiento (incluyendo los arrianos, entre los que era práctica habitual), se excomulgaba a los que casaran forzadamente a solteras o viudas que hubiesen tomado votos, se prohibía las demandas entre clérigos ante los tribunales civiles, se amonestó a los obispos injustos con sus sacerdotes, se estimuló a desterrar la idolatría y las prácticas mágicas que todavía persistían, se castigó duramente el infanticidio, se prohibieron los cantos y danzas paganos en los oficios divinos o las celebraciones de santos, etc. También se tomaron disposiciones para evitar que los judíos poseyesen esclavos cristianos, ordenándoles venderlos a cristianos o liberarlos.
Vale la pena recordar otras dos normas de trascendencia ulterior. El concilio mandó que en la misa se dijera el símbolo confesado por el rey y los abjurados, y cuyo probable inspirador fuerse el obispo Leandro, basándose en el símbolo niceno, con lo que la Iglesia en España fue la primera en introducir el Credo en el canon. Por otra parte, el rey encargó directamente a los obispos la supervisión de algunas tareas de la administración civil: los jueces e inspectores del tesoro debían presentarse ante los obispos para ser aleccionados acerca de cómo tratar al pueblo y no cargarle impuestos injustos. No solo eso, sino que el obispo debía notificar al rey las irregularidades cometidas por los funcionarios, o pagar el desfalco de su propio peculio. Es una insólita ley sin precedentes, que convertía a los consagrados en parte del entramado civil, empleando su prestigio, su formación y su probidad en beneficio de la administración pública. Conservamos un documento de 592 en el que los obispos de la provincia Tarraconense supervisan y dan su aprobación a los precios fijados por los funcionarios del tesoro al pago del trigo y la cebada. Recaredo mostraba abiertamente su mayor confianza en los eclesiásticos que en sus propios subalternos, emitiendo un “edicto de confirmación del Concilio” al estilo de los emperadores orientales, por el que todas las disposiciones del mismo adquirían rango de ley, imponiendo penas de confiscación y destierro a los que las desobedeciesen. Era el fin oficial de la iglesia arriana nacional goda, y el nacimiento del cesaropapismo católico en el reino hispano. Desde ese momento todos los concilios católicos generales fueron confirmados por edictos reales, era sólo cuestión de tiempo que se convirtieran en los mecanismos de legislación y gobierno del nuevo reino.
Al concluir el concilio, Leandro de Sevilla escribió una jubilosa carta al obispo de Roma, sede ocupada ese mismo año por Gregorio Magno (con quién había hecho amistad cuando ambos residían en Constantinopla), informándole de los resultados del mismo. Aplicando de forma inmediata las disposiciones del concilio, todas las iglesias y posesiones arrianas fueron otorgadas a la Iglesia católica, y los arrianos que se negaron a abjurar, apartados de los cargos públicos. Una consecuencia indeseable (al menos para el historiador), fue la quema de todos los libros litúrgicos arrianos por orden real. Ninguno de ellos ha llegado hasta nuestros días, y solo conocemos la biblia gótica de Ulfilas (empleada por todos los arrianos) por copias conservadas en Escandinavia. De ese modo, nuestro conocimiento de la iglesia arriana es escaso y fragmentario.
La primera contestación a los resultados del concilio llegó de Septimania, irónicamente por medio de un enemigo católico, donde los conjurados a los que antes aludíamos guiaron a un poderoso ejército de francos, aquitanos y borgoñones, comandado por el duque Boso, de entre 7.000 y 10.000 hombres (algun autor habla hasta de 50.000) enviado a la provincia por el rey Gontrán en verano de 589. El conde Wildigerno abrió las puertas de Carcasona a la columna comandada por el noble franco Austrovaldo. Recaredo, ante la gravedad de la situación, puso al ejército real al mando de su general de confianza, el duque de Lusitania, Claudio. Llegado a la región, y conociendo su gran inferioridad numérica, Claudio ideó una estratagema: se acercó con una fuerza casi ridícula (unos 300 hombres) a las proximidades de Carcasona. Boso salió con todo su ejército y Claudio simuló huir, siendo perseguido hasta un pequeño valle junto al río Aude, donde tuvo lugar la batalla. Allí los francos fueron sorprendidos por la espalda por el grueso del ejército godo, que les aguardaba escondido, y sufrieron una espantosa derrota. Murieron 5000 de ellos y los godos triunfantes, en su persecución, capturaron otros 2000 y saquearon su campamento. El obispo arriano Athaloc murió al poco de forma natural, y se desconoce como acabaron los traidores condes Wildigerno y Granista.
Fue el último fracaso del rencoroso Gontrán de Borgoña, que murió en 592 sin haber podido ejecutar su venganza contra los godos, antes sufriendo derrota tras derrota. Sin hijos que le sobrevivieran, su reino pasó a su sobrino Childeberto II de Austrasia.
Sobre esta batalla escribiría unos años más tarde el hermano menor del obispo Leandro de Sevilla, Isidoro, llamado a ser uno de los más grandes eruditos de la alta edad media en la Cristiandad, que contaba entonces unos 33 años, en estos términos: “Ninguna victoria de los godos fue mayor, siquiera igual, a esta”. Se puede decir que con la victoria de Aude Recaredo y Claudio se desquitaron con 82 años de retraso de la jornada de Vouillé.
A finales de ese mismo año de 589 se celebraron dos concilios provinciales, uno de la Bética en Sevilla (iglesia del Sagrado Jerusalén), y otro de la Septimania en Narbona, dedicados íntegramente a combatir la simonía, el abarraganamiento de los clérigos y la persistencia de prácticas idolátricas en el pueblo. El levantamiento de la prohibición de la convocatoria de concilios supuso un alivio enorme para la Iglesia española, muy necesitada de acabar con los abusos establecidos e impulsar de nuevo la acción pastoral.
Todavía tendría Recaredo en 590 que preocuparse de una nueva conjura contra su trono, esta vez en la propia aula regia, encabezada nada menos que por el comes cubiculorum Argimundo. Una vez desenmascarada, Argimundo sufrió la amputación de su mano derecha y la decalvación, y la corte fue depurada de conspiradores. En este caso, parece que no existía motivación religiosa, y se trató simplemente de una usurpación de poder.
Ese año concluye la crónica de Juan de Biclaro, la fuente contemporánea más completa y rigurosa para concer los reinados de Leovigildo y Recaredo. Una lástima porque a partir de este momento apenas sabemos nada del reinado de Recaredo, el cual, en cualquier caso, parece haber conocido una época de gran estabilidad, tras los ajetreados primeros años.
Principalmente conservamos registros epistolares, que nos revelan a un rey profundamente piadoso. En 590 envió varios abades portando regalos y la noticia de su conversión al catolicismo al papa Gregorio. Desafortunadamente, su nave naufragó cerca de Marsella, y a duras penas lograron salvarse, regresando a la corte. Enterado Recaredo de que un emisario papal estaba en Málaga (entonces en poder de los bizantinos), le hizo llegar un cáliz de oro con una gema engastada como regalo para el pontífice. En abril de 591, el papa envió dos cartas: una a Leandro de Sevilla, caudillo espiritual de la Iglesia en España, en la que (además de recomendar la inmersión bautismal simple para los conversos del arrianismo) felicitaba al obispo por su labor catequética junto al rey, recomendándole que se asegurase de la buena formación del monarca, y de que no se desviara del camino emprendido. La otra carta que le acompañaba estba dirigida a Recaredo, calificando su conversión de milagrosa, y bendiciéndole por haber “salvado a todo un pueblo”, en alusión a los godos. A la vuelta de este mensaje, el rey católico envió a Roma 300 vestidos nuevos para los pobres de San Pedro. Gregorio declaró mártir a Hermenegildo en 594, sin duda con la complacencia de su hermano menor, y en en 597 redimió a 4 esclavos cristianos vendidos por los francos a un judío de Narbona. La correspondencia entre ambos protagonistas todavía tendría un último capítulo en 599, cuando el papa escribió a Recaredo reiterando sus bendiciones, con mayor entusiasmo, dado que el paso del tiempo había confirmado la firmeza del rey en su conversión y la de los godos, y felicitándole por rechazar una gran suma de dinero que varios judíos ricos le habían ofrecido para derogar la ley que les prohibía tener esclavos cristianos o convertirlos al judaísmo.
En los años del reinado de Recaredo se convocaron varios concilios provinciales más (Zaragoza 592, Toledo 597, Huesca 598, Barcelona 599), todos discilpinarios, que muestran el vigor que la Iglesia recuperó (e incluso incrementó) con el tandem de gobierno formado por Recaredo y el obispo Leandro. El rey multiplicó iniciativas piadosas: fundó en 593 el monasterio de Silos, dedicado a Santa María y san Sebastián, se preocupó personalmente del caso de Tarra, un monje expulsado de su monasterio de Cauliana (cerca de Mérida) acusado de inmoralidad, y donó una corona votiva hecha de fina orfebrería al monasterio del Bienaventurado Félix en Gerona. También continuó y completó el Codex Revisus, el nuevo corpus legislativo iniciado por su padre para corregir y actualizar el antiguo código de Eurico. Sus tres nuevos cuerpos de leyes, por primera vez, afectaban tanto a godos como a romanos.
Tras diez años de paz, prosperidad y florecimiento de la Iglesia católica, Leandro murió a finales de 599 o principios de 600, siendo sucedido en la silla de Sevilla por su hermano Isidoro. Había hecho mucho por la conversión de la familia real y la nación goda al catolicismo. Recaredo no tardó en seguirle, falleciendo de muerte natural en diciembre de 601, en Toledo. Era el tercer monarca sucesivo del mismo linaje (con lo que suponía en aquella época de estabilidad para un reino siempre convulso), y el cuarto consecutivo que moría pacíficamente. Su obra fue capital para comprender la naturaleza del definitivo reino visigodo y, a la postre (dada su influencia en la edad media cristiana), de la propia España. Su conversión personal y la subsiguiente de todo el pueblo godo al catolicismo supuso la creación de una nueva nación, en la que godos y romanos, ahora fundidos en la unión familiar y la misma fe religiosa, se conviertieron en poco tiempo en hispanogodos. Aunque la parte antigua de la legislación siguió considerándolos oficialmente dos razas separadas durante 50 años más, dichos preceptos legales estaban obsoletos al día siguiente de publicarse el edicto de confirmación del III Concilio de Toledo, el concilio que vio el nacimiento de un pueblo: España.
Su reinado en solitario había durado 15 años, 28 si sumamos los asociados a su padre. Uno de los más longevos entre los visigodos, que siempre se caracterizaron por mandatos cortos y preñados de luchas intestinas y derrocamientos violentos. Por desgracia, la estabilidad del nuevo régimen (católico y romanista), que hubiese podido convertir a España en el reino más poderoso de Occidente (dadas las perpetuas luchas intestinas de los francos y la debilidad de los demás soberanos), en aquellos años de hierro dependía de la legitimidad de la sucesión dinástica en una familia prestigiosa, y de la existencia de monarcas fuertes y decididos. Recaredo sólo dejaba para sucederle a un hijo ilegítimo de 17 años, llamado Liuva (Leova). Isidoro dijo de él que era un muchacho virtuoso. Tristemente, no sería suficiente para impedir que el caos y la inestabilidad se apoderaran de nuevo del reino.


Fuente: Infocatólica