martes, 11 de agosto de 2026
domingo, 8 de febrero de 2026
La sustitución del matrimonio por el concubinato: signo de descomposición civilizatoria
El auge del concubinato durante las últimas décadas —esa convivencia prolongada durante años, sin compromiso formal ni reconocimiento público, que se normaliza y se perpetúa en el tiempo— es uno de los síntomas más claros de la descomposición moral y antropológica de nuestro tiempo. No es solo una cuestión religiosa: es una cuestión de civilización. Allí donde el hombre pierde el sentido del deber y de la trascendencia, también degrada su forma de relacionarse, sustituyendo el matrimonio —ámbito natural de las relaciones con compromiso y reconocimiento— por vínculos carentes de estructura y responsabilidad.
En todas las culturas humanas avanzadas, incluso mucho antes del cristianismo, el vínculo entre hombre y mujer se entendió como algo serio, duradero y regulado socialmente. Desde las sociedades prehistóricas hasta las civilizaciones clásicas europeas, siempre existió alguna institución equivalente al matrimonio: un compromiso formal que protegía a la mujer, legitimaba a los hijos y aseguraba la continuidad de la comunidad. Nunca, hasta tiempos muy recientes, el ser humano había relegado este tipo de vínculo al concubinato como norma aceptada.
En la antigua Roma, el matrimonium civil era esencial para la estabilidad social y la continuidad familiar. El concubinato quedaba reservado a esclavos, libertos o soldados en campaña, es decir, a quienes no gozaban de pleno estatus ciudadano. Era una unión de segunda categoría, sin derechos ni reconocimiento social. La concubina podía ser repudiada sin consecuencia alguna: no era esposa, sino compañera tolerada. Algo similar ocurría en otras sociedades paganas europeas —griegas, germánicas o celtas— donde solo el matrimonio otorgaba dignidad social, hogar y protección jurídica a los hijos. Las mujeres libres aspiraban al matrimonio formal, no al concubinato; sabían que este equivalía a una posición precaria, sin reconocimiento ni continuidad asegurada.
En contraste con ese modelo europeo, que incluso en época precristiana tendía a la monogamia y a la estabilidad del vínculo, en el islam el concubinato y la poligamia quedaron abiertamente institucionalizados. El varón puede tener varias esposas y, además, concubinas —tradicionalmente esclavas—, lo que disuelve la exclusividad y fragmenta la unión. La mujer queda reducida a un estatus variable, dependiente de su utilidad, fertilidad o del favor masculino, en una lógica que recuerda notablemente al concubinato moderno: convivencia sin alianza plena, sin exclusividad real y sin garantías duraderas.
El matrimonio civil, en cambio, implica asumir públicamente al otro, aceptar responsabilidades, establecer justicia y permanencia. Introduce orden, reconocimiento y deberes. Desde siempre, el matrimonio ha sido la forma de garantizar que la unión entre hombre y mujer no dependa de la mera conveniencia. El cristianismo no crea esta institución desde la nada, sino que la eleva: la saca definitivamente del ámbito de lo revocable y la convierte en alianza plena, orientada al bien común y a la permanencia.
La situación actual revela, por tanto, algo inquietante. Lejos de representar un progreso moral o intelectual, el desprecio contemporáneo por estas estructuras ancestrales muestra una ruptura con la sabiduría acumulada durante cientos de generaciones. Nunca, desde las sociedades más primitivas hasta las civilizaciones históricas consolidadas, la humanidad había normalizado la disolución del compromiso entre hombre y mujer como ocurre hoy. El hombre moderno, que se cree emancipado y avanzado, no aparece aquí como más sabio, sino como profundamente ignorante: un individuo que ha perdido la memoria moral de su propia especie.
Despreciar estas estructuras no es un acto de lucidez ni de audacia intelectual, sino una forma de involución antropológica. Y cuando una sociedad rompe con aquello que durante milenios la sostuvo, no se libera: se encamina, lenta pero inexorablemente, hacia la descomposición moral, la quiebra de los vínculos y la deshumanización.
Bibliografía:
Veyne, P. La sociedad romana (1976).
Burgos, J. M. Antropología breve (2003).
Stanley, S. M. et al., Journal of Family Psychology (2006).
Lévi-Strauss, C. Las estructuras elementales del parentesco (1949).
sábado, 30 de noviembre de 2024
La trampa de Nietzsche
No han faltado malentendidos en este tema de la superación del hombre. Por ejemplo el de Hegel, que acabó subsumiendo y diluyendo al hombre en su Espíritu Absoluto. O el de Nietzsche, con su arquetipo del superhombre. Nietzsche comenzó bien, rebelándose contra un mundo que llevaba en su frente los signos de la mediocridad y la decadencia, la pusilanimidad y el pacifismo, la rutina y el hedonismo burgués; denunció con vehemencia la vida muelle, la laboriosidad del hormiguero, el gregarismo de «las moscas de la plaza pública», la cifra-promedio y el seguir la corriente; entendió con claridad los riesgos del triunfo de la medianía como norma, del mediocre como paradigma y de la cantidad como calidad. Su reivindicación casi desesperada de los valores de la jerarquía y de la auténtica autoridad hizo que autores como Thibon vieran en él una especie de místico frustrado, según este último explicó detalladamente en su magnífico libro Nietzsche o el declinar del espíritu.
Sin embargo no hay que engañarse. Nietzsche equivocó el diagnóstico; mezcló irreverentemente las causas del mal, lanzando acusaciones demoledoras contra el Cristianismo, cuya sublimidad y belleza no llegó a percibir. Quiso que el hombre se trascendiera, sí, pero sobre la tumba de Dios. El hombre se convertiría en superhombre si primero se hacía deicida. Mas su propia experiencia (su vida) le enseñó amargamente que sin Dios y contra Dios, el hombre se extingue, anonada su ser justamente cuando pretende elevarlo de manera prometeica. Su superhombre es casi «bestial», sin sombra de compasión ni de piedad. ¿No es otra manera de llegar a la animalización?
Hay algo de satánico en su grito dionisíaco: «Dios ha muerto, viva el hombre», un eco de la promesa del demonio en la tentación a nuestros primeros padres: «Seréis como dioses». En última instancia, Nietzsche es deudor del error antropocéntrico: matar a Dios para divinizar al hombre.
P. Alfredo Sáenz, S. J.
domingo, 16 de junio de 2024
viernes, 3 de febrero de 2023
miércoles, 20 de julio de 2022
viernes, 20 de mayo de 2022
miércoles, 5 de enero de 2022
sábado, 20 de noviembre de 2021
sábado, 24 de abril de 2021
domingo, 30 de agosto de 2020
martes, 21 de julio de 2020
jueves, 26 de marzo de 2020
lunes, 2 de marzo de 2020
Menéndez Pelayo: el abuelo de la derecha tradicionalista española
¿Por qué aquella saña contra don Marcelino? Por una razón muy simple: Menéndez Pelayo es el principal referente intelectual de la derecha tradicional y católica española. Como tal, su pensamiento fue recogido por Acción Española y, después, por influyentes sectores del régimen de Franco. Terribles delitos que convirtieron a don Marcelino en un autor “maldito”, condenado al olvido: por políticamente incorrecto. ¿Y tan incorrecto es? Hoy sí, sin duda. Pero precisamente por eso nos interesa.

El niño prodigio
¿Quién era Marcelino Menéndez Pelayo? Vamos a empezar por el principio. Estamos en Santander, en 1868. Un periódico local, La abeja montañesa, ha publicado un acertijo para que los lectores se rompan la cabeza. Reza así: ¿Qué ocurrió en España en la segunda hora de la segunda mitad del segundo día del segundo mes del segundo año de la segunda mitad del segundo siglo del establecimiento de la dinastía de Doña Isabel II de Borbón? Es un laberinto. Nadie lo sabe. ¿Nadie? No: al día siguiente, 23 de junio de 1868, un niño de once años responde al problema:“Al Sr. Director de La Abeja Montañesa. Muy Sr. mío: Ha llamado mi atención el problema histórico que insertan ustedes en el n.º 143 de su apreciable periódico, y después de haber pensado un poco sobre ello, me parece que el hecho más notable ocurrido en España en la 2.ª hora de la 2.ª mitad del 2.º día del 2.º mes del 2.º año de la 2.ª mitad del 2.º siglo del establecimiento de la dinastía de Doña Isabel II de Borbón, o sea el 2 de Febrero de 1852, a las dos de la tarde, es la tentativa de regicidio del cura Merino contra la persona de nuestra actual soberana. Suplico a Vd. dispense la libertad que se toma su afectísimo…”.
Ese zagal de once años que resolvió el acertijo era Marcelino Menéndez Pelayo, un auténtico niño prodigio. Estudiante privilegiado, su vida va a transcurrir inclinada sobre los libros. Hay autores de los que puede narrarse una vida azarosa. De Menéndez Pelayo, no: su vida es su obra, porque no quiso vivir de otra manera. Pero esa obra es un monumento.
Menéndez Pelayo estudia en Barcelona entre 1871 y 1873. En ese año pasa a la Universidad de Madrid, y aquí se llevará uno de esos disgustos que le marcan a uno la vida: el catedrático de Metafísica Nicolás Salmerón, progresista y krausista, nombrado presidente de la I República, decide suspender a todos sus alumnos y les obliga a repetir curso sin haberlos examinado. Marcelino se toma semejante arbitrariedad como una afrenta, un desprecio. Si ya de por sí estaba predispuesto negativamente hacia el krausismo, la actitud despótica de Salmerón terminó de enemistarle con la izquierda española.
Escoger partido
Como suele ocurrir en la vida, detrás de los grandes tropiezos se esconden grandes venturas. Menéndez Pelayo dejó la Universidad de Madrid, fue a terminar sus estudios a Valladolid y allí encontró al que habría de ser su principal mentor y consejero: su paisano Gumersindo Laverde, catedrático de Literatura y decano de Filosofía. Don Gumersindo conoció a Marcelino y se quedó impresionado por aquel jovencísimo pozo de ciencia. Le adoptó como discípulo. Fue don Gumersindo quien orientó a Menéndez Pelayo hacia el partido neocatólico, de carácter conservador. Fue también él quien protegió al joven talento. La carrera de Marcelino puede desarrollarse sin trabas. En 1874 se licencia con premio extraordinario (¡tenía sólo 18 años!) y acto seguido emprende un viaje por bibliotecas de Portugal, Italia, Francia, Bélgica y Holanda. Vuelve a España en 1877 y al año siguiente ya es catedrático de la Universidad de Madrid; con sólo 22 años.Armado con unos conocimientos oceánicos, Menéndez Pelayo comienza a escribir. Le guía un principio fundamental: poner en valor la cultura española, la herencia tradicional que los modernos pretenden marginar. Para don Marcelino, esa tradición es la vida misma, sin la que España moriría. Él lo explicaba así:
“Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado por gárrulos sofistas, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia hizo de grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía. Un pueblo viejo no puede renunciar a su cultura sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil”.
En la Historia de los heterodoxos españoles hay que detenerse, porque es una obra capital. La idea había partido, una vez más, de Gumersindo Laverde, su mentor. Don Gumersindo quería que Marcelino escribiera unas semblanzas de célebres herejes o heterodoxos españoles. Pero esa idea, en manos de Menéndez Pelayo, termina convirtiéndose en ocho tomos de 500 páginas cada uno, donde se ejecuta un repaso profundísimo de la tradición católica española y de sus adversarios: los heterodoxos. Don Marcelino explica la vida espiritual española hasta el siglo XV, las herejías medievales, el Renacimiento, los brotes de protestantismo, el trabajo de la Inquisición, los judaizantes, las hechicerías, los afrancesados, la influencia de la Revolución Francesa… Todo ello lo hace nuestro autor desde una perspectiva estrictamente católica, y es aquí donde Menéndez Pelayo llega a la conclusión de que la historia de España sólo puede entenderse como la de una nación esencialmente católica, más aún: si prescindimos de la catolicidad, España no tiene sentido; si España dejara de ser católica, se desharía. Estas son sus famosas palabras:
Buscar lo permanente
No fue la única obra monumental de don Marcelino. De hecho, todo en él es monumental. Entre 1883 y 1891 publica cinco tomos de la Historia de las ideas estéticas en España, completísimo compendio de la estética literaria y artística a lo largo de la tradición cultural española. En 1890 comienza a publicar las Obras de Lope de Vega en trece tomos y una extraordinaria Antología de poetas líricos castellanos de la Edad Media: el Arcipreste de Hita, Villena, Jorge Manrique, etc. A partir de 1905 publica los tres tomos de su estudio sobre los Orígenes de la novela, centrado en las imitaciones de La Celestina en el siglo XVI. Y habría más obras; en particular, cuatro tomos de una Antología de poetas hispano-americanos que son una exhaustiva historia de la poesía hispanoamericana y que, por cierto, fueron celebradísimos en América.Tan ingente producción no le impidió destacar en la vida pública. Entre 1884 y 1892 fue diputado a Cortes, y luego senador, por la Universidad de Oviedo y por la Academia Española. En 1898 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, cargo que ocuparía hasta 1912. En 1905 fue propuesto para el Nobel. Desde 1909 dirigió la Real Academia de la Historia.
Lo más notable de la obra de don Marcelino es que su trabajo de historiador no se agota en una mera cronología, sino que siempre aspira a encontrar lo permanente, aquellos elementos que marcan una continuidad, una columna vertebral inmutable. Eso lo vio muy bien Eugenio D’Ors, que lo explicaba así:
“Cuando Menéndez Pelayo se entregaba a la turbulencia dinámica de su esencial espíritu de historiador, pretendía cumplir un programa filosófico presidido por la inspiración más contraria a la Historia, por la inspiración de la Eternidad”.
Para Menéndez Pelayo, en el caso de España la cosa estaba clara: esa columna vertebral inmutable en la Historia, la clave de esa inspiración de eternidad, era el catolicismo. Y Ángel Herrera Oria lo definió con absoluta precisión: “Menéndez Pelayo consagró su vida a su patria. Quiso poner a su patria al servicio de Dios”.
En 1912, con sólo 55 años, Marcelino Menéndez Pelayo se marchó a ordenar la biblioteca del Paraíso. Murió en su ciudad natal, Santander, legando al Ayuntamiento su rica biblioteca particular: cuarenta mil volúmenes que todavía hoy pueden consultarse, porque la biblioteca está abierta al público. Tratándose de quien se trata, no es difícil imaginar cuáles fueron sus últimas palabras en el lecho de muerte:
“¡Qué pena morir, cuando me queda tanto por leer!”.
Lo que queda hoy de Menéndez Pelayo es una obra ingente. Para la cultura española es una referencia ineludible. Y para el pensamiento católico español, sigue siendo una eficaz guía de interpretación de toda nuestra Historia, de lo que España representa en la Historia universal. Por eso quieren derribar la torre de Menéndez Pelayo; no lo conseguirán jamás.
Fuente: La Gaceta
viernes, 28 de septiembre de 2018
Desmontando a Bakunin y el anarquismo. El verdadero trasfondo de la extrema izquierda.
La extrema izquierda, tan implantada actualmente en nuestra sociedad, está formada principalmente por el anarquismo y el comunismo con sus vertientes progres. No meteremos en el mismo saco al socialismo pre-marxista, puesto que éste era muy variado y se centraba fundamentalmente en mejorar las condiciones de la clase obrera. En este artículo analizaremos su trasfondo, sus fundamentos reales, fundamentos que el militante medio de extrema izquierda ya sea anarquista o comunista, ignora por completo. El anarquismo, al igual que el comunismo defiende a ultranza el materialismo y ataca con vehemencia el cristianismo y sus valores. Resumiendo, creen que solo existe lo que vemos, la materia, y que lo espiritual no existe, que son cosas de la imaginación (pero en cambio su utopía proletaria no...), creen que la aparición de la vida y la perfección del universo se deben al fruto de la casualidad. Como podemos ver, es una concepción muy simplista que destila una gran cortitud de miras, algo cavernícola podríamos decir. Este tipo de opiniones están basadas en la ignorancia (ya que no conocen el cristianismo en profunidad, se quedan solo en lo superficial) cuando no directamente en la manipulación intencionada, como es el caso de Bakunin.
El fundador del anarquismo perteneció a la masonería (la cual, en realidad, desprecia profundamente el ateísmo como queda patente en las Constituciones de Anderson, aunque lo propagaron por mero pragmatismo) y creía en Lucifer, más conocido como Satanás, al cual ensalzaba, y esto se le escapa en su propio libro "Dios y el estado". No pudiendo refrenar su soberbia, acaba desvelando sus intenciones reales.
Bakunin, al igual que Marx y otros autores de renombre de la extrema izquierda, criticaba el cristianismo con saña, más que a ninguna otra religión, aunque luego también cargaba contra todas, de un modo más generalizado y con más suavidad (veasé ese incongruente respeto y casi veneración que tienen actualmente tanto anarquistas como comunistas hacia el islam...), pero se centraba en el cristianismo y sobretodo en el catolicismo por ser el baluarte de los valores europeos, de la civilización occidental, a la cual odiaba; y tanto él como sus colegas "intelectuales" querían sustituirla por una nueva civilización de valores invertidos basada en la doctrina cabalística que ellos mismos profesaban, propia del ocultismo judío y la masonería.
Para ello, decidieron crear el anarquismo y el comunismo, los cuales atacaban frontalmente cada uno de los pilares de la civilización occidental: Dios, familia y patria. Cuando hablamos de cristianismo nos referimos al católico y ortodoxo, puesto que el protestantismo les fue muy útil como primera fase para corromper Occidente durante los tres siglos anteriores, gracias a su estrecha unión con la masonería y a la propagación del capitalismo calvinista, así como la "libre interpretatio", que es muy cercana al relativismo moral.
Bakunin y sus camaradas sabían perfectamente que necesitaban una ideología que invirtiera los valores, una ideología que luchara contra los valores cristianos, contra la tradición, contra el orden y el sentido común, puesto que el orden representa a Dios, mientras que el desorden y la sinrazón representan a Satanás.
Marx, de origen judío y familia
burguesa, hizo lo propio, pero sabía que sin un mínimo
de orden no se podía lograr nada consistente. Aquí radica
la diferencia fundamental entre dichas ideologías, una acepta cierto
orden, quiere autoridad, poder estatal, y la otra no, pero los fines son
los mismos, acabar con la civilización occidental y con la ley natural
cristiana (la ley natural se basa en el
sentido común), imponiendo la voluntad de Satanás, reproduciendo así en
nuestro mundo la rebelión de Lucifer en el Cielo. Rebelión en la cual,
Lucifer, guiado por la
soberbia y la envidia, no aceptó la existencia del hombre y se rebeló
contra Dios queriendo ser como Él, engañando para ello al hombre,
vendiéndole la moto, es decir, la manzana del "conocimiento" (puesto que
el Diablo siempre
utiliza la mentira para engatusar); para que traicionaran ellos también a
Dios y perdieran su humanidad perfecta, su inmortalidad, siendo así vulnerables y débiles ante el mal.
Cabe destacar que este plan no se acabó de lograr en la
URSS con el comunismo, de ahí su caída casi por arte de magia a principios de los 90 del
siglo XX. Aun siendo verdad que en las primeras décadas los líderes
comunistas consiguieron imponer una buena parte de su programa moral y
cultural imponiendo el ateísmo, desmantelando la iglesia ortodoxa y
creando un fuerte sentimiento de envidia y odio contra la nobleza y la
burguesía conocido como "lucha de clases"; no lograron acabar con
el patriotismo congénito de los rusos ni con su apego a la tradición,
cosa que si han acabado logrando más tarde en Europa occidental, que
ya estaba bastante corrompida por el protestantismo y el liberalismo.
El anarquismo, aun teniendo muchos puntos en común con el comunismo, al no querer imponer un estado totalitario, se configura como una ideología menos nociva o peligrosa para el mundo. Además, es utópica, cree en una predisposición innata del hombre hacia la solidaridad y la mutua colaboración (idea bastante ingenua y simplona, pero atractiva). En definitiva, es algo menos "rabiosa" o iracunda que el comunismo, pero no por ello, menos dañina para las almas, puesto que la raíz del anarquismo, en la práctica, es la misma que la del comunismo, es decir, la exaltación de la soberbia contra Dios y la inversión de valores, el mal pasa a ser el bien, y el bien pasa a ser el mal.
Es evidente que la solidaridad entre los hombres es imposible de lograr bajo una ideología materialista, puesto que si para ellos solo existe esta vida y hay que disfrutarla al máximo, el egoísmo siempre acabará prevaleciendo. De nada sirve defender algo que parece bueno a simple vista, si lo que realmente lo mueve hunde sus raíces en el mal.
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Mikhail Bakunin, de familia burguesa y masón de grado 32
Basándose en esa traición antes descrita de Lucifer a Dios, Bakunin y
compañía quisieron reproducirla en nuestro mundo. Para ello apelaban a
una falsa libertad con supuestas buenas intenciones, al
igual que hizo su maestro diabólico con Adán y Eva, siempre ayudándose
de una mentira bien adornada; una falsa libertad que en realidad
esclaviza y lleva a la desesperación e infelicidad a los hombres, puesto que los deseos mundanos
nunca se sacian y siempre se quiere más.
Estas ideologías explotan la soberbia, el egoísmo, la
envidia, la codicia y la lujuria... Nada de autoridad! via libre a todos
nuestros caprichos! queremos sexo libre! queremos hacer siempre lo que
nos de la gana! no queremos ser responsables! Muerte a los que viven
mejor que nosotros! Muerte a los que piensan diferente!... todo esto bajo la premisa de querer un mundo
"igualitario y justo", premisa que solo se queda en la teoría, puesto
que dichas ideologías por mucho que supuestamente persiguieran fines
"nobles", se basaban como hemos visto, en antivalores, en lo más
despreciable del ser humano, como la envidia y la soberbia desmedida, y
siempre conducen a establecer la tiranía y la injusticia allá por donde
pasan.
Los autores anarquistas se centran en los peores defectos que puede tener el ser humano para engatusarlo, aprovechándose de sus debilidades, saben que así es muy fácil convencer a las masas, diciéndoles no la verdad, si no lo que quieren oir, adulándolos y alimentando su ego, sobretodo a los más ignorantes pero también a otros que siendo medianamente "cultos" caen en su engaño bajo la trampa de la vanidad y el amor a sí mismo, ya que al abrazar estas ideologías acaban creyéndose superiores al resto de mortales, algo que como veíamos anteriormente es muy propio del "colega" Lucifer. Esta inversión de valores ha tenido muchos frutos que hoy podemos apreciar por ejemplo en la ideología de género, en la destrucción de la moral y la familia, en la falsa solidaridad ligada al fenómeno de la inmigración masiva, en el aborto o en el feminismo radical, además siempre disfrazan estos objetivos como si fueran un bien aparente, ocultando el mal que en realidad producen.
En
lo social, los valores de la izquierda han sido impuestos en todo Occidente por las élites
en las últimas décadas, todos podemos verlo. En cambio, en
lo económico, como ya no necesitan el cebo izquierdista para con la
clase obrera, dado que que han sustituido al proletariado por otra serie
de
colectivos, como el LGBT, las feministas y ciertas minorías étnicas,
prefieren la socialdemocracia que les renta mucho más. Capitalismo
mezclado con políticas propias del marxismo cultural. En la Escuela de
Franckfurt, se dieron cuenta de que eso es lo que necesitaban para acabar
imponiendo un mundo globalizado, anticristiano y fácil de controlar. El
comunismo y el anarquismo tuvieron un importante papel para lograr los
objetivos globalistas, pero no acabaron de cuajar como habían pensado en un principio. Eso de liberar al
proletariado y
demás solo les "importaba" cuando éstos eran útiles para lograr sus
objetivos, era solo un señuelo, para ellos los obreros eran solo
carnaza, tropa de choque.
Tanto anarquistas como comunistas, desde el más ignorante al más culto, critican el cristianismo desde la más absoluta ignorancia, dado que no lo conocen más que un niño de ocho años, se quedan solo en lo superficial, y haciendo uso indiscriminado de la demagogia se dedican a ridiculizar la religión sin utilizar nunca argumentos de peso (mediante la falacia del hombre de paja normalmente); incluso suelen calificar el cristianismo de "secta" cuando ellos con su ideología tienen un comportamiento muchísimo más sectario que muchas sectas reales. Su único argumento es la defensa de esa supuesta libertad de la que tanto se les llena la boca, libertad que en realidad es libertinaje, envidia e inmadurez, y que solo les conduce a la esclavitud.
martes, 26 de junio de 2018
viernes, 27 de abril de 2018
La ilustración
martes, 3 de abril de 2018
300 españoles en la batalla de Buda
Tras sortear no pocas dificultades, hacia el año 1684, Europa lograría una gran alianza para combatir de forma decidida a los invasores turcos. El entero este llevaba bajo la dominación turca más de 200 años desde que en el año 1453 cayera Constantinopla causando enorme consternación. El temor radicaba en que los otomanos eran habituales de los zarpazos progresivos a la par que arrancaban vastos territorios en su deslizamiento hacia Occidente; incluyendo a su tierra madre Anatolia, incluyendo los territorios en Oriente Medio y la vieja Europa, ya abarcaban más de cinco millones de kilómetros cuadrados. Había que pasar a la acción…
En 1529, una coalición –quizás el primer euroejército de la historia–, infligió una severa derrota a un descomunal y sorprendido ejército turco, que en un opresivo y asfixiante asedio, estuvo a punto de hacer claudicar a los agotados defensores de la icónica Viena.
Tras años de retiradas y derrotas, hacia 1686, la alianza de los europeos de aquel tiempo enviaría tropas mercenarias y voluntarios hacia el este para contener las veleidades expansionistas de los otomanos; entre ellos, había un fuerte destacamento de oficiales y profesionales de la milicia de origen peninsular y con muchas tablas en las lides bélicas. Alrededor de 75.000 hombres de armas –ninguno bisoño en las lides de la guerra– procedentes de todos los rincones de Europa, se dirigían lentamente hacia Buda, el antiguo bastión romano a la sazón ocupado por los del turbante.
Buda, la parte antigua de Budapest, está situada en un estratégico promontorio a la derecha del Danubio en su discurrir hacia el Mar Negro. En la antigüedad, era el limes natural donde las últimas fortificaciones del Imperio Romano daban testimonio de civilización frente a la zona izquierda del río, tenebrosa y mortífera para quienes se atrevían a adentrarse en ella.
Pero para que se diera esta convergencia de circunstancias, hay que decir que el cabreo general de la Monarquía Hispánica respecto a los turcos venía de lejos. Ya entonces, el largo brazo de la Puerta Sublime había alterado totalmente el orden estratégico en el Mediterráneo y los piratas de la costa berberisca acosaban con una frecuencia inaceptable las costas del levante peninsular. Además, para mayor abundamiento, los moriscos de las Alpujarras, en su rebelión de 1568, habían causado una alarma inusitada en el flanco sur de Europa. Hasta que la reacción de la Santa Liga en Lepanto en 1571 puso las cosas en su sitio.
Más la presión turca no cesaría y su osadía iría a más. Todos los mercados de Oriente Medio se nutrían de esclavos capturados al este de Buda y Viena, el trasiego de mujeres era incesante en dirección a los burdeles de Estambul, Damasco y Oran, los niños que acababan en la guardia personal de jenízaros del sultán de turno tenían más suerte, la mano de obra capturada en las razias perecía exhausta de hambre y agotamiento en la profusa obra civil de la época… Había que parar esto.
Entonces, el emperador germánico y rey húngaro Leopoldo I de Habsburgo, por vía materna nieto de Felipe III de España, decidió coger su “fusíl”.
El 24 de junio, la guarnición turca antes las acometidas de los artilleros peninsulares se replegaría encerrándose en la ciudadela. La resistencia se suponía tremenda, pues hay que recordar que el sultán, por lo general, era muy generoso con sus soldados si estos triunfaban, pero en el recuerdo de las fuerzas turcas gravitaba todavía la ejecución sumaria de Kara Mustafá, el Gran Visir turco allá por el año 1683 tras la derrota en Viena ante fuerzas cristianas muy inferiores, y esto los asediados lo tenían muy en cuenta.
Un durísimo e inmisericorde bombardeo de 24 horas diarias durante un mes no ablandaría la resistencia turca pero si abriría un enorme boquete en las murallas de Buda que se iría agrandando paulatinamente hasta que sus dimensiones harían inevitable la entrada en tromba de las tropas de la coalición.
El 22 de julio, una lluvia de bombas incendiarias hizo estallar el polvorín turco causando una mortandad impresionante entre los jenízaros allá acantonados; en primera línea trescientos soldados de élite de la Monarquía Hispana, como fuerza de choque de referencia, aguardaban el brutal encontronazo.
El cambio de posición de la artillería sugerido por los maestres de campo españoles acabaría por arruinar las defensas turcas. En el tercer día de septiembre al amparo de una noche iluminada por múltiples incendios, se lanzaría el último asalto a la fortaleza de Buda que para entonces era un escenario dantesco donde el hedor de los miles de cadáveres abandonados a su suerte.

Los primeros soldados en entrar fueron los españoles, que encabezaban el asalto debido a la buena fama y al renombre que tenían. En aquella época se daba enorme importancia al hecho de quiénes eran los primeros en entrar durante los crudos asaltos en el interior de cualquier fortificación. La fama y reputación de las gentes de los tercios durante el asedio a Buda no defraudaron.
Don Manuel Diego López de Zúñiga, el ‘Buen Duque’ y una pléyade de españoles –lo más granado del ejército imperial–, caerían por docenas, muertos o heridos, en aquel trágico asalto.
Esta batalla, una de las angulares de la historia de Europa y bastante desconocida, permitiría perfilar o esbozar los futuros límites geográficos del gran proyecto que es hoy. Ante el ímpetu de la ofensiva, el intocable antaño ejercito del este, tendría que recular en el año del Señor de 1699 tras firmar un oneroso tratado de paz en Karlowitz, en lo que hoy es la actual Serbia.
Con el tiempo, otros actores irían sustituyendo a la Monarquía Hispánica en el devenir de los siglos hasta configurar las actuales fronteras de este magno e inacabado proyecto de interpares. Para la historia quedaría este episodio olvidado de los trescientos. Hoy, los reivindicamos del olvido.
lunes, 14 de agosto de 2017
miércoles, 15 de junio de 2016
El Ejército Blanco Ruso (1918-1921)
El Movimiento Blanco se formó en la primavera de 1917 para combatir al nuevo gobierno bolchevique que había tomado el poder en Rusia.
En sentido estricto, no existía ningún Ejército Blanco; sin coordinación central, las fuerzas blancas fueron más bien una confederación de grupos contrarrevolucionarios nacionalistas, entre el cúal una gran mayoría había servido en el ejército del zar Nicolás II y buscaban el retorno de la monarquía en el Imperio Ruso. La mayoría de oficiales que conformaban el núcleo del ejército eran ex combatientes de la Primera Guerra Mundial de ideología nacionalista monárquica, pero otros grupos minoritarios apoyaban a otras tendencias políticas: demócratas, social-revolucionarios de derecha y otros opositores de la revolución comunista de Octubre.
Las tropas de base del ejército blanco incluían tanto a enemigos declarados de los bolcheviques (muchos cosacos, por ejemplo), defensores de la monarquía y campesinos. A veces, los aliados occidentales de la Triple Entente y fuerzas extranjeras formadas por voluntarios proporcionaron importante asistencia a las unidades del ejército, ya que el Ejército Blanco no podía contar con el apoyo logístico por parte del zar, debido que el mismo había sido asesinado por los bolcheviques en julio de 1918.
Los blancos aguantaron bastante tiempo en algunas zonas (especialmente en el este de Siberia, Ucrania y Crimea) bajo la dirección del General del Movimiento contrarrevolucionario de los Blancos, el Ataman Semiónov que sustituyó al Almirante Kolchak tras su muerte y por otro lado el barón Roman von Ungern-Sternberg. En la etapa tardía de la guerra, el Ejercito Blanco fracasó en la unidad o la cooperación efectiva entre sus cuerpos, mientras que el Ejército Rojo paulatinamente consiguió ventaja.
La ideología del Movimiento Blanco estuvo en permanente desarrollo durante la guerra civil. Los generales Lavr Georgevich Kornilov y Anton Ivanovich Denikin sostuvieron ciertas formas de base ideológica pero ninguna era tan concreta o coherente como la del general Piotr Wrangel durante el llamado experimento de Crimea en 1920. Fue ahí donde Wrangel planteó brevemente el núcleo del ideal blanco, que hacía énfasis en la liberación de Rusia de los judeo-bolcheviques y otras fuerzas anárquicas, el establecimiento de un gobierno justo y honrado, la protección de los fieles de las persecuciones religiosas, los derechos del granjero a la propiedad de la tierra y la oportunidad de todos los rusos de elegir a un líder.
Tras el fin de la guerra civil, los conceptos de Wrangel fueron plasmados en una ideología concreta por pensadores rusos como Ivan Ilyin, basada principalmente en las ideas de los eslavófilos.
Por otro lado Alexander Kolchak encabezaba el movimiento blanco en el corazón de Rusia y en su parte oriental durante 1919, proclamándose como gobernador supremo, con la ayuda del general Káppel consiguió durante las primeras fases de la guerra conquistar una gran parte de Rusia, venciendo a los bolcheviques en varias batallas. Con la traición de los checos fué capturado por los bolcheviques y ejecutado.

En agosto de 1922, dos meses después de su derrota, el ejército blanco del lejano Este del general Mijaíl Ditterix llegaría tan lejos como para pactar la Zemskiy Sobor de Preamursk y elegir (sin su participación) al Gran Duque Nicolai Nicolaievich Romanov zar de todas las Rusias.
Luego que fue vencida la Guardia Blanca, oficialmente mediante un decreto de 1921 de la Comisión Central Ejecutiva de Rusia y del Soviet de Comisarios del Pueblo, entre dos y tres millones de personas (entre los cuales se encontraban antiguos rusos blancos u opositores a la Revolución de Octubre) pasaron a ser proscritos, motivo por el cual hubo una fuerte emigración de rusos antisoviéticos, agrupándose en Berlín, París, Harbin y Shanghái, estableciendo redes culturales que durarían hasta los años 50. A partir de dicho momento, sus actividades encontrarían acogida en Estados Unidos. Muchos oficiales y ex soldados del Ejército Blanco lucharon durante la Segunda Guerra Mundial en el Ejército Alemán desde el principio, como por ejemplo Piotr Krasnov junto a sus soldados cosacos. Después de la Segunda Guerra Mundial la actividad blanca se concentraría posteriormente en círculos de exiliados.
El Movimiento Ruso Blanco fue la primera fuerza organizada que entró en lucha armada contra la Internacional Comunista que había tomado el poder. El teniente general monárquico E. K. Miller, que fue en 1919-1920 uno de los jefes del Movimiento Ruso Blanco, y que encabezó en el exilio la Unión Militar Rusa, declaró que la Cruzada contra el comunismo empezada en España era continuación de la Lucha Blanca y llamó a los nacionalistas rusos a que se enrolaran como voluntarios en el bando nacional durante la Guerra Civil Española. Unos ochenta miembros de la ROVS y unos nacionalistas en forma individual, lograron entrar en España, donde intergraron un destacamento ruso que formaba parte del Tercio Doña Maria de Molina. Los anticomunistas rusos lucharon también en las filas de la Legión Extranjera Española y otras unidades del Ejército Español.
En la Rusia actual la memoria de los rusos blancos ha sido restablecida y se les reconoce como héroes de la Federación Rusa.
Piotr Wrangel
Alexandr Kolchak
Vladimir Káppel
Piotr Krasnov

Ataman Semionov
Barón Ungern Von Sternberg

