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miércoles, 29 de octubre de 2025

Garcilaso, el hombre templado

Garcilaso de la Vega nació en Toledo, en 1501, en una familia noble de las de verdad, no de esas infladas por el dinero o las apariencias, y cristiano viejo, como correspondía a su linaje. Sirvió al emperador Carlos V y combatió en Italia y Francia, donde ganó respeto sin necesidad de fanfarrias.
Era soldado, pero también poeta. Hombre de guerra con alma cultivada, que supo unir la disciplina del acero y la belleza de la palabra.

GARCILASO DE LA VEGA (Toledo, 1499 ¿? – Niza, 1536) – poeticasediciones 

En la corte vivió de cerca la ambición, la adulación y la mentira —estaba repleta de cristianos nuevos, trepas y serviles—, pero nunca se dejó arrastrar. Garcilaso no era de hablar mucho. Prefería actuar. Tenía ese tipo de presencia que se impone sin esfuerzo: la del hombre silencioso que sabe quién es y no necesita demostrarlo.

Su vida cambió al conocer a una mujer —Isabel Freire, dicen los cronistas—. La amó con serenidad. Y cuando la perdió —Isabel se casó con otro por conveniencia social, muriendo al cabo de pocos años—, no buscó consuelo ni se vino abajo, apretó los dientes y siguió cumpliendo su deber, fiel a sí mismo. Del dolor hizo disciplina: mientras otros se ahogan en lo que sienten y pierden el rumbo, él lo transformó en impulso y propósito. Y aquí fue cuando escribió sus mejores obras.

Su poesía, virilmente melancólica, limpia y serena, trajo a España el equilibrio italiano sin perder la rudeza castellana. Versos de belleza contenida, donde la emoción está bajo control, como un arma en manos firmes. Así era él, nunca blando, pero nunca cruel.

Murió joven, con 35 años, asaltando una fortaleza francesa en Provenza. Una piedra le alcanzó la cabeza. Aún gravemente herido, aguantó luchando unas horas más, hasta que lo retiraron del frente, pero ya era tarde. Murió cumpliendo su deber como soldado, fiel hasta el último aliento, sin pedir reconocimiento y cuidando más su alma que su suerte.

Garcilaso representa ese tipo de hombre cada vez más raro: el que vive con dignidad, sin estridencias ni disfraces. El que no busca dominar a nadie, pero tampoco se deja dominar. El que habla cuando debe, y calla cuando el silencio vale más.



jueves, 14 de agosto de 2025

Henry Howard, poeta y guerrero

Henry Howard, conde de Surrey (1517-1547), fue un noble inglés, poeta renacentista y uno de los primeros en introducir el verso blanco en la literatura inglesa. De linaje aristocrático y carácter altivo, sirvió en la corte de Enrique VIII, donde destacó por su talento y por su espíritu combativo. Mantuvo rivalidades y tensiones con otros cortesanos, ganándose tanto admiradores como enemigos. Sus críticas veladas y su ambición política le costaron caro: acusado de traición por supuestas aspiraciones al trono, fue ejecutado a los 30 años. Católico de convicciones, su figura combina cultura, valor y un destino trágico propio de los grandes personajes históricos.

Howard, con todos sus defectos, no renunció a la fe tradicional ni se doblegó al protestantismo de Enrique VIII.

Era un hombre de su tiempo, un caballero católico del Renacimiento no era un monje, sino alguien que defendía su linaje, su rey (cuando era justo) y su fe… a la vez que lidiaba con tentaciones y pasiones humanas. 

Poeta y guerrero católico:

  • Fiel a la Tradición: En plena Inglaterra protestante, Howard mantuvo su lealtad a Roma y al viejo orden caballeresco, incluso cuando esto le costaba ganarse enemigos peligrosos en la corte.

  • Espíritu combativo: No era un cortesano servil; tenía la lengua afilada y el orgullo alto, lo que le llevaba a chocar con rivales y a no “bajar la cabeza” ante injusticias.

  • Cultura y armas: Poeta refinado y guerrero valiente, personificaba la idea medieval-renacentista de que la pluma y la espada podían ir de la mano.

  • Pasiones humanas: Vanidad, rivalidades, impulsividad… todo eso lo acompañaba. Pero el catolicismo, lejos de exigir una pureza irreal, le pedía luchar contra esas pasiones y buscar redención.

  • Mártir político: Acabó ejecutado no por ser un criminal común, sino por ser una figura incómoda, demasiado noble y orgullosa para la corte de Enrique VIII.

  • Legado: Encarnó la resistencia de un mundo que se apagaba, un caballero que prefería caer de pie antes que vivir arrodillado.

     

Autónomo de pensamiento, culto, orgulloso, con gusto refinado, valiente hasta el exceso y con un desprecio evidente hacia el servilismo de su entorno. Henry Howard vivió y cayó en sus propios términos. No pidió permiso. No buscó aprobación. Y por eso su nombre sigue en pie, cuando tantos otros se borraron con el tiempo. 

 

domingo, 6 de abril de 2025

El saludo medieval



 

 

 

 

 

 

 

 

El saludo estrechando el antebrazo en lugar de la mano, un gesto ancestral que data de tiempos medievales, tenía una profunda carga simbólica, especialmente entre los guerreros. En un mundo donde la confianza era una moneda valiosa, este saludo servía como una garantía tácita de ir desarmados y de respeto mutuo.

Este tipo de saludo era común entre los caballeros medievales y, en general, entre aquellos que pertenecían a la nobleza guerrera. Cuando dos guerreros se saludaban, extendían el brazo para estrechar el antebrazo del otro, no solo como un gesto de cortesía, sino como una señal de que no ocultaban armas en sus mangas. Era un acto de transparencia, donde las intenciones quedaban claras: desarme, honestidad y un pacto tácito de que ambos eran hombres de honor.

En tiempos modernos, este antiguo gesto debería recuperar relevancia, no solo como una curiosidad histórica, sino como un símbolo que resalte virtudes esenciales: honor, honestidad y virilidad. En un mundo donde la desconfianza a menudo prevalece, recuperar este saludo podría ser un recordatorio visual de las cualidades que hacen a un hombre digno de respeto.

viernes, 13 de septiembre de 2024

Espada ibérica la Tène, el verdadero antepasado de la Gladius hispaniensis romana

 La espada la Tène, de origen celtíbero, es la verdadera precursora en la que se basó la gladius de las legiones romanas, y no la falcata como se venía pensando hasta hace pocos años.
Esta espada es frecuente en el nordeste peninsular y más rara cuanto más al sur. Procede también de modelos transpirenaicos, desde donde llegaría en el siglo IV a.c. a la Península Ibérica.
Se trata de un arma de hoja recta de dos filos paralelos, bastante más larga que las espadas anteriores. En la Galia evoluciona durante los siglos III y II a.c. desde los modelos de la Tène I, con hojas entre 41 y 76 cm hasta los de la Tène III con hojas de hasta 90 cm. Este arma fue muy frecuente en el nordeste peninsular, pero también en la Meseta, donde sufre una serie de modificaciones que afectan principalmente al sistema de enganche, ya que se le añaden sendas argollas para llevarla colgada en horizontal de un tahalí que cruzaba el pecho, en vez de vertical, como era normal en los pueblos nórdicos. El sistema de argollas usado por los celtíberos era mucho más práctico.


Espadas+de+La+Tene.jpg (1000×771) | Celtas, Rpg
Espada la Tène



Todos hemos oído hablar alguna vez de la temible espada que lis itálicos adoptaron tras conocer sus virtudes en las campañas en Hispania durante la Segunda Guerra Púnica pero, hasta hace muy pocos años nadie sabía cómo era realmente esa famosa espada.
Durante mucho tiempo se buscó entre las espadas hispanas un candidato apropiado como origen de la espada romana sin resultados satisfactorios. Las espadas romanas antiguas conocidas, muy parecidas a los modelos griegos, eran cortas y punzantes, lo mismo que las tardías, también puntiagudas y aún más cortas, aunque pudieran ser usadas así mismo para golpear de filo; pero nos faltaba el modelo intermedio, precisamente el "gladius hispaniensis", para poder compararlo con las armas indígenas y así tratar de encontrar el modelo del cual derivó.
Al buscar entre las espadas hispanas las principales candidatas eran las espadas de frontón y las de antenas atrofiadas, aunque las dudas seguían pesando más que las certezas ya que, por una parte, las espadas de frontón casi habían desaparecido a finales del siglo II a.C. que es cuando se supone que este gladius fue adoptado, mientras que las espadas de antenas atrofiadas parecían demasiado cortas para haberlas tomado como modelo.
Algunos, en un intento de demostras la cuadratura del círculo, se empeñaron incluso en señalar la falcata, cuando era evidente que esa espada curva difícilmente podía haber sido origen de otra recta.



11 ideas de Espadas | espadas, edad de hierro, guerras púnicas
 
Espada de Frontón


Como decimos, el problema principal era que no se conocían ejemplares reales del gladius romano original, más allá de alguna representación artística, siempre dudosa. Aunque parezca increíble no se tenían identificadas con certeza espadas romanas tardorrepublicanas, con lo que no había nada con lo que comparar las espadas hispanas. Afortunadamente esto ha cambiado en los últimos años, ya que se han encontrado diversos gladius hispaniensis datados entre el siglo II y I a.C. tanto en España como en Francia y otros lugares del mediterráneo. Ahora sabemos que se trata de armas de doble filo y hoja recta de 60/70 cm, con filos paralelos o ligeramente pistiliformes que acaban en una punta aguda. La empuñadura era de espiga y la vaina de cuero o madera. El arma se llevaría colgada en bandolera de una tira de cuero que se sujetaba a la funda por unas argollas laterales.
Al disponer ejemplares del arma romana ya se ha podido buscar el candidato hispano con una mayor seguridad, y todas las pistas apuntan hacia las espadas celtibéricas evolucionadas a partir de modelos de la Tène I, ya que coinciden prácticamente en todo: tipo y longitud de hoja, empuñadura de espiga, vaina de madera/cuero ribeteada e incluso sistema de sujeción.


Fuentes: Los íberos y la guerra, Benjamín Collado Hinarejos

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Milagro de Empel - 8 de Diciembre, día de la Inmaculada Concepción

 Entre el 7 y el 8 de Diciembre de 1585 en Empel, Países Bajos. Un Tercio español estaba rodeado de ingleses y holandeses. La rendición parecía la única salida. El almirante Hollak propone a los españoles la rendición con honores, conservando armas y estandarte. El maestre del tercio español responde: " los infantes españoles prefieren la muerte a la deshonra, ya hablaremos de capitulación después de muertos. Ante tal respuesta el almirante Hollak abrió los diques de los ríos para inundar el campamento enemigo. Sólo quedó el pequeño monte de Empel donde se refugiaron los soldados del Tercio. Un soldado español, cavando una trinchera encuentra una tabla flamenca con la imagen de la Inmaculada Concepción. Considerando el hecho como una señal divina, los soldados se encomiendan a la Virgen. Aquella noche un viento helado hace que las aguas del río se hielen. Entonces los soldados españoles, marchando sobre el hielo atacaron a la escuadra enemiga al amanecer del 8 de diciembre y obtuvieron una victoria tan completa que el almirante Hollak llegó a decir: "tal parece que Dios es español al obrar para ellos tan gran milagro". Desde entonces la Inmaculada Concepción fue patrona de los tercios españoles y más tarde de la infantería española, por eso el 8 de Diciembre es festivo.

El milagro de Empel.jpg

lunes, 15 de junio de 2020

Constantino el Grande, el primer emperador cristiano de Roma.

Constantino I el Grande fue uno de los más destacados emperadores romanos, famoso por otorgarle legitimidad legal a la religión cristiana en el Imperio (lo legaliza y pone fin a la represión), por su reunificación y, por fundar una de las ciudad más maravillosas de la Antigüedad tardía, Constantinopla.

LA LENGUA LATINA – Rafael del Moral

Cayo Flavio Valerio Aurelio Claudio, mejor conocido como Constantino I, nació en Naissus en el año 272, hijo de Flavia Elena y Constancio Cloro, uno de los césares de la Primera Tetraquía. Su padre compartía el poder con dos augustos, Diocleciano y Maximiano, y otro césar, Galerio. El joven Constantino sirvió en la corte de Diocleciano, hasta que en el año 305 su padre obtuvo el título de augusto, pero al año siguiente, murió en la Britania romana. Constantino, que estuvo a su lado en su lecho de muerte, fue proclamado el nuevo augusto por el general y las tropas de Constancio Cloro.
Al mismo tiempo, en Roma se nombraba emperador al hijo de Maximiano, Majencio, que reclamaba el título de único Augusto. De esta forma comenzó un período de disputas políticas y luchas de poderes. En la batalla del Puente Milvio, en el 312, Constantino venció a Majencio y luego se alió a Licinio, quien venció a Maximino en 313. El imperio había quedado dividido en ellos: Licinio dominaba en Oriente y Constantino en Occidente, hasta que en 324 obtuvo la victoria definitiva y el poder absoluto del Imperio Romano.

Durante su gobierno, Constantino introdujo grandes cambios que afectaron la historia para siempre. Además de reformar leyes, cortes y ejércitos, trasladó la capitalidad del imperio a Bizancio (actual Estambul) y la rebautizó Constantinopla, la segunda Roma. Pero la mayor de sus obras fue la de permitir el libre culto a los cristianos, tan perseguidos en aquel entonces.

En el año 312, antes de una batalla, Constantino soñó que Cristo le pidió que grabara las iniciales de su nombre en los escudos de sus tropas y, al día siguiente, vio una cruz superpuesta en el sol y la leyenda «con esta señal serás vencerás».Inmediatamente, mandó a pintar esto en los escudos y a realizar el nuevo estandarte, y finalmente contra todo pronóstico, venció a Majencio. Como resultado, se convirtió al cristianismo. También cabe destacar que su madre Elena (Santa Elena), que era cristiana, tuvo una gran influencia en él

Al poco tiempo, Constantino entregó los viejos cuarteles de la guardia pretoriana de Majencio para que se construyera una basílica cristiana, que se convirtió en sede catedralicia: la actual Basílica de San Juan de Letrán. Tiempo después mandó a construir otra sobre el sitio donde se decía que había sido martirizado San Pedro y donde sus restos descansaban: la Basílica de San Pedro. En el año 313, Constantino y Licinio había promulgado el Edicto de Milán, que permitía la práctica del cristianismo. Esto le permitía a los cristianos –anteriormente perseguidos y martirizados- ocupar cargos oficiales, construir edificios propios y llevar adelante sus ritos, aunque aún no ocupaba el lugar de la religión oficial del Imperio (esto lo proclamó Teodosio en el Edicto de Tesalónica de 380). Además, entre todas las leyes que creó, abolió la crucifixión, sustituyéndola por la horca (la ley romana y la justicia sí seguían vigentes); permitió que la Pascua se celebre públicamente, y lo mejor de todo, declaró el día domingo como día de descanso.

Como el primer emperador cristiano, se esforzó por apaciguar las diferencias religiosas y convocó el Primer Concilio de Nicea en el año 325. Su objetivo era poner fin a algunos problemas doctrinales dentro de la Iglesia de los primeros siglos, especialmente la controversia con el arrianismo, doctrina que negaba la naturaleza divina de Cristo, que finalmente fue considerado una herejía por la mayoría de obispos del Concilio

Constantino fue llamado “el grande” y no fue en vano. No sólo fomentó el cristianismo, sino que además reunificó el Imperio Romano y derrotó a los francos, a los visigodos y a otros pueblos invasores, expandiendo los confines del Imperio. Pero como todo ser humano, no pudo contra una enfermedad que acabó con su vida en el año 337. Poco antes de su muerte fue bautizado para morir como un cristiano, limpio de todo pecado. Esta curiosa pero pragmática decisión la tomó durante su conversión, decidió que no se bautizaría hasta poco antes de su muerte, por motivos políticos por una parte, para no causar demasiado revuelo y que el proceso de cristianización de Roma fuera paulatino, y por motivos religiosos, ya que no quería bautizarse y luego seguir pecando gravemente durante toda su vida, algo que era casi obligatorio para un emperador romano.

Fuentes:
Vidasfamosas.com
Aciprensa
Enciclopedia Encarta

domingo, 23 de febrero de 2020

Los Evocati

Evocatus (evocatien plural) era el término latinopara un soldado del ejército romano que había cumplido su tiempo de servicio y obtenido una licencia (missio), pero se realistaba otra vez por invitación del cónsul u otro comandante. En la serie Roma de HBO Lucio Voreno después de abandonar el ejército con el rango de centurión, se realistó como evocati gracias a Marco Antonio.


Evocati Lucio Voreno, personaje de la serie Roma de HBO.

Siempre existió un número considerable de evocati en cada ejército de importancia, y cuando el general era uno de los favoritos entre los soldados, el número de veteranos que se unían a su estandarte se incrementaba. El evocati era oficialmente liberado de deberes militares comunes como fortalecer el campamento y hacer carreteras. Tenían un rango más alto en el ejército que los legionarios comunes.

Parecen haber sido ascendidos frecuentemente al rango de centuriones y eran normalmente los portadores de la vara de mando y de disciplinar a sus compañeros legionarios.


martes, 5 de febrero de 2019

Las Cruzadas en defensa de la Cristiandad



Este año se celebraron 924 años del discurso pronunciado por el papa Urbano II en el concilio de Clermont de 1095 donde en una proclama encendida y solemne llamó a los cristianos de occidente, ricos y pobres por igual a marchar en asistencia de los peregrinos que sufrían constantemente los ataques de las hordas musulmanas y que cada vez iban a más. También se lanzaban a auxiliar a sus hermanos ortodoxos en Bizancio contra la amenaza de la expansión musulmana, la cual había comenzado décadas antes.
Es en 1071 en Mazinkert donde el Imperio Bizantino sufre una derrota humillante a manos de los turcos selyúcidas, perdiendo el control de prácticamente todo su territorio al este del estrecho de los Dardanelos. Con su capital de Constantinopla directamente amenazada, la Ortodoxia griega decidió ignorar sus diferencias dogmaticas y políticas con el catolicismo romano y en marzo de 1095 llega a oídos de Urbano II su pedido de ayuda.

Para este papa responder a dicho llamado es una oportunidad perfecta; profundamente disgustado con la corrupción producida de la venta y compra de cargos eclesiásticos  así como de la administración de los sacramentos, Urbano pregonaba un regreso a las raíces monásticas y humildes de la cristiandad primitiva pero sin desviación doctrinal alguna (a diferencia de algunas herejías que hacían llamados parecidos para justificar sus despropósitos), el apoyo a las artes y el cuidado de los pobres y enfermos. Esta leve desconexión con los valores fundacionales del Cristianismo es provocada en parte debido a los estrechos lazos que muchos obispados tenían con el poder secular (léase los nobles locales), en contraparte existia una corriente de reformismo a la cual Urbano II estaba alineado, conocida entonces como las reformas benedictinas, en nombre de la orden religiosa que las pregonaba.
Otro problema que la guerra santa ayudaría a resolver era el conflicto interno, las luchas intestinas y eternas entre las nobleza medieval era algo intolerable para Urbano, pues representaba una violación de la Paz de Dios, que estipulaba el carácter piadoso de aquellos que no participaran en conflictos contra sus hermanos, el pueblo cristiano debía estar unido y redirigir toda su "agresividad" contra un enemigo externo e infiel era una buena forma de canalizar dicha belicosidad y frenar las luchas estériles dentro de Europa.
Esta lucha entre el poder clerical y el secular será parte de la tónica del Concilio de Clermont, donde entre otras cosas Urbano II excomulgará al rey Felipe I de Francia por casarse adúlteramente con una mujer también casada. Pero su discurso final será un llamado a la “raza de los francos” a luchar contra los musulmanes para recuperar Tierra Santa (Jerusalén), la proclama ¡Deus Vult! (Dios lo quiere) será el grito de batalla del papa a los cruzados, prometiendo el perdón divino de los pecados:
“Que los que se hayan acostumbrado injustamente a librar una guerra privada contra los fieles ahora vayan en contra de los infieles y terminen con la victoria de esta guerra que se debería haber comenzado hace mucho tiempo. Que aquellos que durante mucho tiempo, han sido ladrones, ahora se conviertan en caballeros. Que aquellos que han estado luchando contra sus hermanos y parientes ahora luchen de una manera adecuada contra los bárbaros. Que aquellos que han estado sirviendo como mercenarios para la pequeña paga ahora obtengan la recompensa eterna. Que los que se han desgastado a ellos mismos en cuerpo y alma ahora trabajan para un doble honor”.


Hoy por hoy, lo políticamente correcto es analizar las cruzadas como guerras libradas más por intereses políticos y económicos que por causas de la fe, algo muy alejado de la realidad. Nadie puede negar su impulso religioso, especialmente en esta primera instancia, es genuino, por primera vez hay un elemento común que une a los diversos elementos dispares de las sociedades medievales europeas, en una era llena de conflictos como la transición entre la Alta y Baja Edad Media, la búsqueda de un enemigo doctrinal externo era posiblemente la mejor apuesta para lograrlo, aprovechando la frágil situación por la que pasaban los peregrinos y Bizancio. Así fue como la era de las Cruzadas comenzó, una nueva etapa en la que los europeos terminarían un largo proceso interno, conformándose un fuerte lazo de unión entre los diversos pueblos europeos de la Cristiandad, para empezar a mirar hacia afuera, hacia lo foráneo y desconocido, como la tierra de la oportunidad para el prestigio, la gloria y la absolución. ¿Podría ser este el primer respiro del espíritu aventurero y defensivo que Europa adoptará en siglos venideros? Seguramente, puesto que la historia siempre tiende a repetirse. Las cruzadas en defensa de la Cristiandad pese a la mala imagen que se le ha dado en los últimos siglos por parte de los enemigos de la Iglesia y a veces incluso por parte de algunos cristianos movidos por la ignorancia y la ingenuidad (o por esa más que dañina "adaptación a los tiempos" que tanto les gusta a algunos para su comodidad) sirvieron para unir Europa más que nunca, así como para alcanzar un alto nivel espiritual que se hacía patente en todos los estratos sociales.


Caballero de Occidente

martes, 23 de octubre de 2018

Espada ibérica la Tène, el verdadero antepasado de la Gladius hispaniensis romana

La espada la Tène, de origen celtíbero, es la verdadera precursora en la que se basó la gladius de las legiones romanas, y no la falcata como se venía pensando hasta hace pocos años.
Esta espada es frecuente en el nordeste peninsular y más rara cuanto más al sur. Procede también de modelos transpirenaicos, desde donde llegaría en el siglo IV a.c. a la Península Ibérica.
Se trata de un arma de hoja recta de dos filos paralelos, bastante más larga que las espadas anteriores. En la Galia evoluciona durante los siglos III y II a.c. desde los modelos de la Tène I, con hojas entre 41 y 76 cm hasta los de la Tène III con hojas de hasta 90 cm. Este arma fue muy frecuente en el nordeste peninsular, pero también en la Meseta, donde sufre una serie de modificaciones que afectan principalmente al sistema de enganche, ya que se le añaden sendas argollas para llevarla colgada en horizontal de un tahalí que cruzaba el pecho, en vez de vertical, como era normal en los pueblos nórdicos. El sistema de argollas usado por los celtíberos era mucho más práctico.


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Espada la Tène


Todos hemos oído hablar alguna vez de la temible espada que lis itálicos adoptaron tras conocer sus virtudes en las campañas en Hispania durante la Segunda Guerra Púnica pero, hasta hace muy pocos años nadie sabía cómo era realmente esa famosa espada.
Durante mucho tiempo se buscó entre las espadas hispanas un candidato apropiado como origen de la espada romana sin resultados satisfactorios. Las espadas romanas antiguas conocidas, muy parecidas a los modelos griegos, eran cortas y punzantes, lo mismo que las tardías, también puntiagudas y aún más cortas, aunque pudieran ser usadas así mismo para golpear de filo; pero nos faltaba el modelo intermedio, precisamente el "gladius hispaniensis", para poder compararlo con las armas indígenas y así tratar de encontrar el modelo del cual derivó.
Al buscar entre las espadas hispanas las principales candidatas eran las espadas de frontón y las de antenas atrofiadas, aunque las dudas seguían pesando más que las certezas ya que, por una parte, las espadas de frontón casi habían desaparecido a finales del siglo II a.C. que es cuando se supone que este gladius fue adoptado, mientras que las espadas de antenas atrofiadas parecían demasiado cortas para haberlas tomado como modelo.
Algunos, en un intento de demostras la cuadratura del círculo, se empeñaron incluso en señalar la falcata, cuando era evidente que esa espada curva difícilmente podía haber sido origen de otra recta.
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Empezando por arriba se muestra la espada de antenas celta, abajo la de frontón.


Como decimos, el problema principal era que no se conocían ejemplares reales del gladius romano original, más allá de alguna representación artística, siempre dudosa. Aunque parezca increíble no se tenían identificadas con certeza espadas romanas tardorrepublicanas, con lo que no había nada con lo que comparar las espadas hispanas. Afortunadamente esto ha cambiado en los últimos años, ya que se han encontrado diversos gladius hispaniensis datados entre el siglo II y I a.C. tanto en España como en Francia y otros lugares del mediterráneo. Ahora sabemos que se trata de armas de doble filo y hoja recta de 60/70 cm, con filos paralelos o ligeramente pistiliformes que acaban en una punta aguda. La empuñadura era de espiga y la vaina de cuero o madera. El arma se llevaría colgada en bandolera de una tira de cuero que se sujetaba a la funda por unas argollas laterales.
Al disponer ejemplares del arma romana ya se ha podido buscar el candidato hispano con una mayor seguridad, y todas las pistas apuntan hacia las espadas celtibéricas evolucionadas a partir de modelos de la Tène I, ya que coinciden prácticamente en todo: tipo y longitud de hoja, empuñadura de espiga, vaina de madera/cuero ribeteada e incluso sistema de sujeción.


Fuente: Los íberos y la guerra, Benjamín Collado Hinarejos

jueves, 10 de mayo de 2018

Caballeros medievales, y su equipo de combate



Dos caballeros con armadura completa se enfrentan a lomos de sus monturas

Los comienzos del caballero

Para entender la importancia de los hombres montados es necesario retroceder en el tiempo hasta el siglo VIII, época en la que el término «caballero» no era asociado todavía a noble. Y es que, aunque los jinetes habían existido como tal desde tiempos inmemoriales, fue durante ese tiempo cuando se generalizó en Europa el uso del estribo (una pieza en la que el jinete apoya el pie y le permite sujetarse sin manos a la silla de montar).
Aunque este elemento pueda parecer baladí, algo tan sencillo permitió a los caballeros cargarse de armaduras y armamento y convertirse en el auténtico terror de los soldados a pie. Esa sujeción fue perfeccionada posteriormente mediante diferentes elementos como sillas más profundas o arzones. «En los siglos IX y X estos progresos se extienden y favorecen el combate a caballo, con lanzas todavía cortas […] que se utilizan como venablos o armas de estocada», explican los historiadores especializados en la época medieval Jacques Le Goff y Jean-Claude Schmitt en su obra «Diccionario razonado del Oriente Medieval».


Con el paso de los siglos, se perfeccionó la función del jinete mediante la creación de lanzas extremadamente largas (de unos cuatro a cinco metros) que el caballero usaba para atacar a sus enemigos mediante un método tan simple como efectivo. «El denominado “choque frontal” consistía en utilizar la lanza, que el jinete mantenía firmemente encajada bajo el brazo, en posición horizontal fija. Con este nuevo método la […] eficacia de la lanza ya no dependerá de la fuerza del brazo del guerrero, sino de la rapidez de su caballo. El jinete forma un bloque con su montura y ese “proyectil vivo” se aprovecha de todo el poder que le confiere el galope del caballo. La carga compacta de los caballeros […] adquiere una fuerza de penetración temible, capaz de desbaratar las líneas adversarias y de provocar el espanto», destacan los expertos.
La efectividad de estos «carros de combate» medievales (como son conocidos por múltiples historiadores) hacía que todos los mandameses de la época estuvieran ansiosos por contar con ellos. No obstante, era sumamente caro para los soldados poder mantener una montura y unas armas y armaduras como las que portaban los caballeros, por lo que esta práctica empezó a estar copada por las altas esferas de la sociedad de entonces, la nobleza.
Es quizá por eso por lo que ambos términos han llegado a la actualidad casi como sinónimos. Con todo, a día de hoy se desconoce por qué se acabó haciendo esta asociación entre ambos términos. «Ser caballero era algo mucho más importante que ser un simple soldado; un caballero debía personificar los principios de la caballería, debía ser un dechado de virtudes. El valor, la lealtad, la generosidad y la piedad eran sus principales vitales», explica Michael Prestwich en su obra.

Tipos de caballeros desde el comiendo de la Edad Media

Esta evolución provocó, a su vez, que nacieran varios tipos de caballeros medievales desde el siglo XII atendiendo a la finalidad que tuvieran a la hora de repartir bofetones entre sus enemigos. En primer lugar se destacaban los «caballeros cubiertos», un título que se otorgaba de forma hereditaria y que -además de ser representativo de la alta nobleza- implicaba una serie de privilegios como no tener que quitarse el yelmo ante el monarca.
Los segundos eran los que pertenecían a las órdenes militares, aquellos que decidían tomar las armas como una profesión y dedicaban su vida a ello. Estos se correspondían con grupos de jinetes que se unían bajo una orden estratificada y de carácter marcial. La más conocida fue la del Temple. «Obedecían a un maestre, seguían unas reglas y se comprometían a defender a los peregrinos por los caminos que llevaban a Jerusalén. […] Orden militar no es lo mismo que orden de caballería, las órdenes militares eran de corte religioso mientras que las de caballería estaban formadas por laicos.
Finalmente, el último tipo era el que estaba formado por los «caballeros andantes», los que vagaban por el mundo llevando a cabo buenas acciones de manera solitaria. «Inspirados por los ideales del amor cortés, ran siervos de una dama a quién debían fidelidad amorosa y a quién dirigían sus pensamientos más generosos y el mérito de sus hazañas. El caballero debía poseer virtudes propias y virtudes distintivas. Las propias eran la castidad, la generosidad, el sacrificio, la caridad..., aquellas virtudes que conformaban su personalidad y su espíritu», determinan Aurelio González y María Teresa Miaja en su obra «Introducción a la cultura medieval».

El equipo de un caballero de finales del siglo XIV

Debido a que al hablar de «caballero medieval» estamos haciendo referencia a un jinete que perduró durante más de cuatro siglos, es lógico pensar que su equipo fue evolucionando con el paso de los años. Sin embargo, las armas y armaduras más representativas de estos soldados son las que portaron a finales del siglo XIV y principios del XV. Y es que, son las más habituales en las películas.
Paños «menores»
Antes de ponerse la parafernalia defensiva, todo caballero que se preciara debía vestirse con una primera protección del cuerpo que se ubicaba encima del torso. Usualmente, todas estas prendas eran utilizadas para amortiguar los golpes y evitar que la armadura rozase directamente la piel.

1-Gambesón
El gambesón era un camisón de tela gruesa que evitaba que el frio metal pellizcase la piel de su portador. Solía estar fabricado de cuero, lana o lino. Estaba relleno de la parte más burda y barata de la lana o, si el portador contaba con unos buenos ahorros, de algodón. El más habitual era de grandes dimensiones que llegaba hasta las rodillas de manga larga, aunque también destacaban los de dos piezas o los de manga corta.
«A efectos prácticos era una colcha que amortiguaba los golpes que se daban sobre la armadura. Sin este elemento las placas rozarían la piel y serían sumamente molestas. Usualmente iban cosidas al gambesón varias piezas de cota de malla para evitar los golpes que se pudiera hacer a través de un hueco de la armadura», explica Gil Perujo a ABC.

2-Cofia
La cofia era la versión militar de la crespina, una prenda utilizada para proteger la parte superior de la cabeza. Era de tela y se fijaba a la cabeza mediante dos trozos de tiras de tela que se ataban en la parte inferior de la barbilla. «Estaba acolchada y servía para aislar el cuero cabelludo del roce del yelmo», explica el investigador y divulgador histórico Sebastián Roa en su obra «El Ejército de Dios».

Resultado de imagen para cofia caballero medieval
 Cofia
 
Armadura
La armadura del caballero del siglo XIV es uno de los elementos que ha hecho que esta época histórica haya perdurado en nuestras mentes. Y es que, además de ser espectacular, supuso una auténtica revolución que permitió a los jinetes ir cubiertos de arriba a abajo de metal. Una gran ventaja ante los arcos y las estocadas enemigas. Con ella, se puso fin así a los problemas que ofreció la cota de malla durante el siglo XIII (un camisón formado por múltiples anillas de metal que, aunque protegía de los cortes, se rompía fácilmente a las punzadas y los golpes). «A esa primitiva cota de malla se le fueron añadiendo piezas de metal hasta completar una armadura completa», completa el recreador.
Se caracterizaban porque estaban elaboradas por herreros de forma artesanal, pieza por pieza, y por ser sumamente caras. De hecho, no toda la población podía permitirse una. Así lo afirma Prestwich en su obra, donde hace un desglose de lo que un militar (que solía cobrar 2 chelines ingleses al día) debía pagar para hacerse con las diferentes piezas de la armadura. Así pues (y sabiendo que -en la actualidad- una libra es equivalente a 20 chelines) este soldado debía pagar 6 libras y 6 chelines por la silla de montar o 8 libras y 6 libras y 8 peniques por dos pares de guanteletes. 


Lo cierto es que el coste estaba justificado, pues en una buena parte de los casos la armadura era fabricada expresamente para el caballero y contaba con un aura de misticismo que la hacía todavía más valiosa. «Durante la Edad Media, el equipo del caballero gozó de una naturaleza sagrada […] La armadura pesada, esa apariencia de hombre de hierro, de cuerpo humano acorazado, será la que configure y diferencie su imagen. Esta sensación de invulnerabilidad psiquica y física producida por la armadura hizo del caballero medieval casi un semidiós. […] El tratamiento artístico […] aplicado para el armamento ceremonial […] convirtió las armaduras de placas medievales en verdaderas joyas de orfebrería con decoración y programa iconográfico generalmente épico».
 
La armadura completa que solían portar los caballeros pesaban habitualmente entre 25 y 30 kilos. Una cantidad que puede parecer extrema pero que, por el contrario, les permitía moverse con cierta libertad, subirse al caballo sin ayuda de nadie y, por descontado, les ofrecía más protección que las viejas cotas de malla.

1-Partes de la armaduras (de arriba a abajo)

A-Yelmo. La parte indispensable de toda armadura -y también la más cara debido a que su función era proteger la cabeza, una de las partes de mayor importancia del cuerpo- era el yelmo. Estos cascos sufrieron una considerable evolución desde el siglo XIII. Y es que, por entonces los caballeros portaban el denominado «gran yelmo», que se caracterizaba por ser tosco, con forma de cubo, y de una sola pieza.
«Era una enorme pieza de metal que descansaba sobre los hombros. […] Solía tener la parte superior plana, lo que facilitaba su fabricación», explica Prestwich. Su peso era tal que lo mejor era ponérselo únicamente cuando se fuera a combatir. A partir del siglo XIV el yelmo sufrió una gran evolución y se le añadió una «visera» que se podía abrir y cerrar (la cual protegía el rostro) y empezó a adquirir nuevas formas.
B-Coraza. Una pieza bastante revolucionaria en el siglo XIV. Se correspondía con la parte de la armadura que cubría el torso y en la que, además, se enganchaban algunos otros elementos. Estaba formada por:
b.1. Un peto que protegía la parte delantera del cuerpo.
b.2. Un espaldar que, como su propio nombre indica, salvaguardaba la espalda de los golpe de los enemigos.
b.3. Un faldón, una pieza utilizada para proteger la cintura.
b.4. Las escarcelas, dos piezas metálicas que, asidas al peto, servían para proteger las caderas. Solían llegar hasta medio muslo.


Armadura completa


C-La protección del brazo la otorgaban varios elementos. En primer lugar se destacaba la hombrera, una pieza que protegía el hombro y en la que se solía ubicar el escudo de armas. Bajo ella, el ristre servía para que el brazo no sufriera daños. A continuación se ubicaba el codal, ideado para proteger el codo y encargado de unir el ristre con la siguiente pieza, el brazal (que aseguraba el antebrazo). Finalmente, el guantelete era el encargado de proteger la mano.
D-Por su parte, la pierna del caballero era protegida en primer lugar por el quijote (para el muslo); la rodillera (para la rodilla); la greba (para la espinilla) y el escarpe (encargado se salvaguardar el pie).
En el siglo XIV, la armadura solía cubrirse finalmente con una túnica amplia. Con todo, esta prenda terminó pasando de moda.

Armas y defensas

1-Armas principales.
Desde que el «caballero medieval» comienza a dominar los campos de batalla de Europa, en su equipo se destacan dos armas principales. La primera fue la lanza, que comenzó teniendo una extensión de apenas dos metros pero que, con el paso de los años, llegó a contar con hasta cuatro y cinco. Solía portarse de forma vertical hasta que se entraba en batalla.
Cuando la lanza se rompía durante la carga, el caballero usaba la espada, un arma con la que, desde los comienzos del siglo XI, tenía una relación especial. Tal y como señalan Le Goff y Schmitt en su obra, estas fueron ganando en tamaño y en peso hasta el siglo XIV, cuando llegaron a medir hasta 1 metro 30. Dependiendo de su extensión eran portadas a dos manos o a una.

Curiosamente, no todos los jinetes sabían utilizarlas. «La esgrima la trabajaban aquellos que podían pagarse un maestro. Usualmente los que solían aprender técnicas determinadas eran los escuderos, que trabajaban a las órdenes de un caballero y, como tal, aprendían de él gratuitamente. El resto de los soldados no solían tener acceso a ello. En primer lugar porque no sabían leer y debían aprenderlo de alguien, en segundo, porque no tenían dinero», determina Gil Perujo.

2-Armas secundarias (usadas a pie y a caballo, a veces solo en los torneos)
-Hacha (corta y larga)



-Bracamante o bracamarte. «Era una mezcla entre espada y hacha para que, con la inercia que tomase, se hiciese una gran fuerza», determina el recreador histórico. Contaba con un filo y era abombada en su parte superior.
 

- Maza
 


3-Escudo.
Una pieza indispensable pero que, según fueron pasando los siglos, se fue haciendo más pequeña. En principio solían tener un tamaño considerable y su parte inferior estaba acabada en punta. Iba unido mediante unos correajes al brazo. «Había caballeros que se clavaban el escudo a la armadura para evitar que se moviese. Con todo, y a pesar de estar fijado, había que hacer cierta fuerza para que no se cayera», informa a ABC el recreador histórico y luchador de combate medieval Daniel de la Flor Sánchez.
«Los correajes eran enganchados mediante una hebilla o mediante el sistema de “lengua de serpiente” (en el que partían un trozo de cuero en dos, hacían dos agujeros y los unían mediante un nudo). Esta última era la opción barata. Los que tenían el dinero y podían comprar una pieza de metal usaban la primera», explica, en este caso, Gil Perujo. El escudo llevaba también un cierre en la mano para evitar que se abriese.




Fuente: ABC Cultura

martes, 3 de abril de 2018

300 españoles en la batalla de Buda

Foto: La actual Budapest, testigo de esta batalla que ha caído en el olvido. (iStock) 


Tras sortear no pocas dificultades, hacia el año 1684, Europa lograría una gran alianza para combatir de forma decidida a los invasores turcos. El entero este llevaba bajo la dominación turca más de 200 años desde que en el año 1453 cayera Constantinopla causando enorme consternación. El temor radicaba en que los otomanos eran habituales de los zarpazos progresivos a la par que arrancaban vastos territorios en su deslizamiento hacia Occidente; incluyendo a su tierra madre Anatolia, incluyendo los territorios en Oriente Medio y la vieja Europa, ya abarcaban más de cinco millones de kilómetros cuadrados. Había que pasar a la acción…
En 1529, una coalición –quizás el primer euroejército de la historia–, infligió una severa derrota a un descomunal y sorprendido ejército turco, que en un opresivo y asfixiante asedio, estuvo a punto de hacer claudicar a los agotados defensores de la icónica Viena.

Tras años de retiradas y derrotas, hacia 1686, la alianza de los europeos de aquel tiempo enviaría tropas mercenarias y voluntarios hacia el este para contener las veleidades expansionistas de los otomanos; entre ellos, había un fuerte destacamento de oficiales y profesionales de la milicia de origen peninsular y con muchas tablas en las lides bélicas. Alrededor de 75.000 hombres de armas –ninguno bisoño en las lides de la guerra– procedentes de todos los rincones de Europa, se dirigían lentamente hacia Buda, el antiguo bastión romano a la sazón ocupado por los del turbante.
Buda, la parte antigua de Budapest, está situada en un estratégico promontorio a la derecha del Danubio en su discurrir hacia el Mar Negro. En la antigüedad, era el limes natural donde las últimas fortificaciones del Imperio Romano daban testimonio de civilización frente a la zona izquierda del río, tenebrosa y mortífera para quienes se atrevían a adentrarse en ella.
Pero para que se diera esta convergencia de circunstancias, hay que decir que el cabreo general de la Monarquía Hispánica respecto a los turcos venía de lejos. Ya entonces, el largo brazo de la Puerta Sublime había alterado totalmente el orden estratégico en el Mediterráneo y los piratas de la costa berberisca acosaban con una frecuencia inaceptable las costas del levante peninsular. Además, para mayor abundamiento, los moriscos de las Alpujarras, en su rebelión de 1568, habían causado una alarma inusitada en el flanco sur de Europa. Hasta que la reacción de la Santa Liga en Lepanto en 1571 puso las cosas en su sitio.
Más la presión turca no cesaría y su osadía iría a más. Todos los mercados de Oriente Medio se nutrían de esclavos capturados al este de Buda y Viena, el trasiego de mujeres era incesante en dirección a los burdeles de Estambul, Damasco y Oran, los niños que acababan en la guardia personal de jenízaros del sultán de turno tenían más suerte, la mano de obra capturada en las razias perecía exhausta de hambre y agotamiento en la profusa obra civil de la época… Había que parar esto.
Entonces, el emperador germánico y rey húngaro Leopoldo I de Habsburgo, por vía materna nieto de Felipe III de España, decidió coger su “fusíl”.

El 24 de junio, la guarnición turca antes las acometidas de los artilleros peninsulares se replegaría encerrándose en la ciudadela. La resistencia se suponía tremenda, pues hay que recordar que el sultán, por lo general, era muy generoso con sus soldados si estos triunfaban, pero en el recuerdo de las fuerzas turcas gravitaba todavía la ejecución sumaria de Kara Mustafá, el Gran Visir turco allá por el año 1683 tras la derrota en Viena ante fuerzas cristianas muy inferiores, y esto los asediados lo tenían muy en cuenta.
Un durísimo e inmisericorde bombardeo de 24 horas diarias durante un mes no ablandaría la resistencia turca pero si abriría un enorme boquete en las murallas de Buda que se iría agrandando paulatinamente hasta que sus dimensiones harían inevitable la entrada en tromba de las tropas de la coalición.
El 22 de julio, una lluvia de bombas incendiarias hizo estallar el polvorín turco causando una mortandad impresionante entre los jenízaros allá acantonados; en primera línea trescientos soldados de élite de la Monarquía Hispana, como fuerza de choque de referencia, aguardaban el brutal encontronazo.
El cambio de posición de la artillería sugerido por los maestres de campo españoles acabaría por arruinar las defensas turcas. En el tercer día de septiembre al amparo de una noche iluminada por múltiples incendios, se lanzaría el último asalto a la fortaleza de Buda que para entonces era un escenario dantesco donde el hedor de los miles de cadáveres abandonados a su suerte.
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Los primeros soldados en entrar fueron los españoles, que encabezaban el asalto debido a la buena fama y al renombre que tenían. En aquella época se daba enorme importancia al hecho de quiénes eran los primeros en entrar durante los crudos asaltos en el interior de cualquier fortificación. La fama y reputación de las gentes de los tercios durante el asedio a Buda no defraudaron.
Don Manuel Diego López de Zúñiga, el ‘Buen Duque’ y una pléyade de españoles –lo más granado del ejército imperial–, caerían por docenas, muertos o heridos, en aquel trágico asalto.

Esta batalla, una de las angulares de la historia de Europa y bastante desconocida, permitiría perfilar o esbozar los futuros límites geográficos del gran proyecto que es hoy. Ante el ímpetu de la ofensiva, el intocable antaño ejercito del este, tendría que recular en el año del Señor de 1699 tras firmar un oneroso tratado de paz en Karlowitz, en lo que hoy es la actual Serbia.
Con el tiempo, otros actores irían sustituyendo a la Monarquía Hispánica en el devenir de los siglos hasta configurar las actuales fronteras de este magno e inacabado proyecto de interpares. Para la historia quedaría este episodio olvidado de los trescientos. Hoy, los reivindicamos del olvido.