domingo, 8 de febrero de 2026

La sustitución del matrimonio por el concubinato: signo de descomposición civilizatoria

  

 

El auge del concubinato durante las últimas décadas —esa convivencia prolongada durante años, sin compromiso formal ni reconocimiento público, que se normaliza y se perpetúa en el tiempo— es uno de los síntomas más claros de la descomposición moral y antropológica de nuestro tiempo. No es solo una cuestión religiosa: es una cuestión de civilización. Allí donde el hombre pierde el sentido del deber y de la trascendencia, también degrada su forma de relacionarse, sustituyendo el matrimonio —ámbito natural de las relaciones con compromiso y reconocimiento— por vínculos carentes de estructura y responsabilidad.

En todas las culturas humanas avanzadas, incluso mucho antes del cristianismo, el vínculo entre hombre y mujer se entendió como algo serio, duradero y regulado socialmente. Desde las sociedades prehistóricas hasta las civilizaciones clásicas europeas, siempre existió alguna institución equivalente al matrimonio: un compromiso formal que protegía a la mujer, legitimaba a los hijos y aseguraba la continuidad de la comunidad. Nunca, hasta tiempos muy recientes, el ser humano había relegado este tipo de vínculo al concubinato como norma aceptada.

En la antigua Roma, el matrimonium civil era esencial para la estabilidad social y la continuidad familiar. El concubinato quedaba reservado a esclavos, libertos o soldados en campaña, es decir, a quienes no gozaban de pleno estatus ciudadano. Era una unión de segunda categoría, sin derechos ni reconocimiento social. La concubina podía ser repudiada sin consecuencia alguna: no era esposa, sino compañera tolerada. Algo similar ocurría en otras sociedades paganas europeas —griegas, germánicas o celtas— donde solo el matrimonio otorgaba dignidad social, hogar y protección jurídica a los hijos. Las mujeres libres aspiraban al matrimonio formal, no al concubinato; sabían que este equivalía a una posición precaria, sin reconocimiento ni continuidad asegurada.

En contraste con ese modelo europeo, que incluso en época precristiana tendía a la monogamia y a la estabilidad del vínculo, en el islam el concubinato y la poligamia quedaron abiertamente institucionalizados. El varón puede tener varias esposas y, además, concubinas —tradicionalmente esclavas—, lo que disuelve la exclusividad y fragmenta la unión. La mujer queda reducida a un estatus variable, dependiente de su utilidad, fertilidad o del favor masculino, en una lógica que recuerda notablemente al concubinato moderno: convivencia sin alianza plena, sin exclusividad real y sin garantías duraderas.

El matrimonio civil, en cambio, implica asumir públicamente al otro, aceptar responsabilidades, establecer justicia y permanencia. Introduce orden, reconocimiento y deberes. Desde siempre, el matrimonio ha sido la forma de garantizar que la unión entre hombre y mujer no dependa de la mera conveniencia. El cristianismo no crea esta institución desde la nada, sino que la eleva: la saca definitivamente del ámbito de lo revocable y la convierte en alianza plena, orientada al bien común y a la permanencia.

La situación actual revela, por tanto, algo inquietante. Lejos de representar un progreso moral o intelectual, el desprecio contemporáneo por estas estructuras ancestrales muestra una ruptura con la sabiduría acumulada durante cientos de generaciones. Nunca, desde las sociedades más primitivas hasta las civilizaciones históricas consolidadas, la humanidad había normalizado la disolución del compromiso entre hombre y mujer como ocurre hoy. El hombre moderno, que se cree emancipado y avanzado, no aparece aquí como más sabio, sino como profundamente ignorante: un individuo que ha perdido la memoria moral de su propia especie.

Despreciar estas estructuras no es un acto de lucidez ni de audacia intelectual, sino una forma de involución antropológica. Y cuando una sociedad rompe con aquello que durante milenios la sostuvo, no se libera: se encamina, lenta pero inexorablemente, hacia la descomposición moral, la quiebra de los vínculos y la deshumanización.

Bibliografía:

Veyne, P. La sociedad romana (1976).
Burgos, J. M. Antropología breve (2003).
Stanley, S. M. et al., Journal of Family Psychology (2006).
Lévi-Strauss, C. Las estructuras elementales del parentesco (1949).

 

lunes, 19 de enero de 2026

La insaciabilidad de la avaricia

"Aunque el codicioso se enriquezca, continúa cuidando sus montones de oro, incluso si acumula tesoros que nunca pueden satisfacerlo. Aunque su adorno brille con perlas, las más raras que el océano pueda ofrecer, y aunque cien cabezas de ganado trabajen en sus vastos campos, nunca se liberará de la preocupación mientras tenga aliento en su cuerpo. Sin embargo, sus riquezas no lo acompañarán cuando cierre los ojos en la muerte."

 
 
La consolación de la filosofía, de Boecio. 

viernes, 9 de enero de 2026

Hiperbórea: mito griego, fantasía moderna

Desde hace más de un siglo, ciertos círculos esotéricos han convertido el nombre de Hiperbórea en sinónimo de continente perdido, patria de razas superiores o centro espiritual del mundo. Sin embargo, nada de todo esto aparece en la Antigüedad. Lo que para algunos ocultistas modernos es una geografía sagrada, para los griegos fue simplemente un mito poético. En la tradición clásica, Hiperbórea jamás fue un continente real ni la cuna de ninguna humanidad primordial. Heródoto, Píndaro o Pausanias hablan de una tierra situada más allá del viento Bóreas, un lugar idealizado unido simbólicamente a Apolo y a la imagen de una vida larga y feliz. No hay civilizaciones desaparecidas, ni razas puras, ni centros iniciáticos. La Hiperbórea antigua es literatura simbólica, un eco de la Edad de Oro, no un mapa oculto de la prehistoria.

La mayor parte de ocultistas situaban Hiperbóreaen el Polo Norte, 
otros lo hacían en el interior de la Tierra.


La mutación moderna comienza a finales del siglo XVIII y principios del XIX
, cuando ciertos autores franceses y europeos empiezan a fantasear con lenguas primordiales y sabidurías perdidas. En este ambiente destaca Fabre d’Olivet, un personaje profundamente ligado al mundo masónico y paramasónico de su época. No fue un simple simpatizante: se movió en logias del rito escocés, conocía sus ritos, y frecuentó círculos martinistas, iluministas y herméticos que buscaban una tradición universal originaria. Su reconstrucción de una “lengua adánica”, su filología imaginaria y su obsesión por encontrar un saber primordial encajan perfectamente en el clima esotérico masónico de la Francia postrevolucionaria. D’Olivet no inventa el hiperboreanismo, pero sí prepara el terreno intelectual donde luego germinarán las fantasías de la Teosofía.

La responsable de convertir Hiperbórea en un continente perdido y en la patria de una raza espiritual es Helena Blavatsky. Su sistema de “razas-raíz” nace de una mezcla personalísima de hinduismo mal comprendido, gnosticismo popular, esoterismo masónico y pura imaginación. Aunque las logias masculinas no admitían mujeres, Blavatsky recibió reconocimientos honoríficos de la masonería de rito adonhiramita e incluso afirmó haber alcanzado un grado masónico irregular. El detalle no es menor: su obra teosófica respira el sincretismo masónico de su época, desde la idea de una tradición primordial hasta el simbolismo universalista que emplea en La Doctrina Secreta. Lo que hace Blavatsky es tomar el mito griego, vaciarlo y rellenarlo con un sistema cosmológico propio, presentándolo como verdad oculta.

En el amanecer del siglo XX, los círculos völkisch alemanes — Guido von List, Liebenfels y otros— toman la construcción de Blavatsky y la deforman aún más, añadiendo runas mágicas, racialismo ario y un delirio pseudohistórico sobre migraciones árticas y razas solares. Incluso autores posteriores como Guénon o Evola, pese a sus críticas a la Teosofía, no logran escapar del molde blavatskiano y reinterpretan su continente inventado como un “centro polar” metafísico igualmente sin base histórica.

El contraste es evidente. La Hiperbórea auténtica está en los textos griegos y es mito poético. La Hiperbórea moderna es una construcción esotérica reciente, nacida en ambientes masónicos y ocultistas del siglo XIX, sin raíces reales en ninguna tradición antigua.

jueves, 1 de enero de 2026

Despreciamos lo anodino

Elegimos la vida que arde, noble, firme y desafiante. Honramos la grandeza de quienes permanecen inquebrantables ante un mundo hedonista y corrupto.
Admiramos a aquellos que, lejos de inclinarse, protegen a su pueblo aunque este los desprecie, y a quienes defienden su tierra hasta el final, aun cuando ello les cueste la vida o la libertad. 
Preferimos el ardor a la tibieza: vivir con honor, con valentía, con espíritu indomable… como los que están llamados a ser recordados.

Despreciamos lo anodino y abrazamos lo heroico, lo trascendente… lo eterno.

Aquiles inspira a sus guerreros con la siguiente máxima: ¡Que nadie olvide lo amenazadores que somos, somos leones! ¿Sabes lo que te espera más allá de esa playa? ¡La inmortalidad! ¡Tómala! ¡Es tuya!".