Durante el XVI la presencia de navegantes nipones y chinos en las aguas del archipiélago filipino no era nada nuevo. De hecho, antes de que la expedición de Miguel López de Legazpi en 1565 anexionara estos territorios al Imperio Español, los chinos ya habían establecido puestos comerciales en la zona y se habían convertido en una minoría de la población. Además, en 1571 los japoneses comenzaron a intercambiar plata por oro filipino en la isla de Luzón.
Sin embargo, el 29 de noviembre del año 1574, el corsario chino Li Ma Hong al mando de 3.000 hombres atacó la joven ciudad de Manila con la intención de establecer un señorío pirata. Tras un duro enfrentamiento contra fuerzas españolas y filipinas, seguido por un asedio de más de cuatro meses en el fuerte en Pangasinán, los piratas fueron derrotados y Li Ma Hong, que presumía de ser un tigre y haber escapado de más de 100.000 soldados chinos, huyó humillado. A pesar de esta victoria, el problema de la piratería en las costas filipinas continuó.
Al llegar al cabo Bogueador los hombres de Carrión divisaron uno de los juncos japoneses que había saqueando la costa de Luzón. Aunque el buque nipón era mucho mayor que los españoles y superaban en número, La Capitana logró acortar distancias hasta interceptarlo. Prepararon los cañones de la crujía y los falconetes y los tercios se armaron para el abordaje provistos por espadas, picas, arcabuces y hachas.
Las ráfagas de artillería de la galera alcanzaron el casco del junco y los soldados de Carrión saltaron a la cubierta enemiga, pero los guerreros japoneses, bien armados y entrenados en el arte de la guerra, les obligaron a replegarse. Los japoneses no solo superaban a los tercios en número sino que también contaban con arcabuces portugueses. Ante este contraataque corsario, los soldados españoles retrocedieron hacia la popa de la galera y formaron en una barrera con los piqueros delante y arcabuceros y mosqueteros detrás.
Para defender a sus hombres, Carrión cortó con su espada la driza del palo mayor y éste cayó atravesado sobre la cubierta creando una trinchera y permitiendo a los mosqueteros y arcabuceros disparar contra los japoneses, lo que provocó numerosas bajas enemigas. En ese momento, el San Yusepe disparó sus cañones contra el junco y los japoneses, batidos en retirada, saltaron al agua con la intención de llegar a nado a la costa, aunque muchos se ahogaron debido al peso de las armaduras.
Tras esta victoria, la flotilla española avanzó por el río Tajo o río Grande de Cagayán, donde se encontró con 18 champanes japoneses. Este enfrentamiento también culminó con la victoria de los tercios, quienes lograron desembarcar a los hombres y cañones de la galera en un recodo del río y se atrincheraron próximos a las posiciones del grueso de las fuerzas enemigas en tierra.
Los tercios españoles que lideraron la defensa aguantaron dos asaltos seguidos y, para que a los japoneses les resbalen los dedos al intentar arrebatarles las picas durante la lucha, Carrión ordenó untar los mástiles de éstas con sebo. El tercer ataque se desarrolló con los españoles casi desprovistos de pólvora, pero lograron resistir con coraje y derrotar a los guerreros nipones.
Cuenta un antiguo relato tradicional japonés que sus valientes guerreros fueron derrotados por los wo-cou, unos demonios mitad pez mitad lagarto que atacaban tanto en mar como por tierra. Con este relato fantástico, que resaltaba una ferocidad en el combate inhumana, la tierra del sol naciente otorgó a los hombres de Juan Pablo Carrión una fama legendaria.
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