El auge del concubinato durante las últimas décadas —esa convivencia prolongada durante años, sin compromiso formal ni reconocimiento público, que se normaliza y se perpetúa en el tiempo— es uno de los síntomas más claros de la descomposición moral y antropológica de nuestro tiempo. No es solo una cuestión religiosa: es una cuestión de civilización. Allí donde el hombre pierde el sentido del deber y de la trascendencia, también degrada su forma de relacionarse, sustituyendo el matrimonio —ámbito natural de las relaciones con compromiso y reconocimiento— por vínculos carentes de estructura y responsabilidad.
La mentalidad moderna, hija del hedonismo utilitario y del desarraigo posmoderno, ha reducido el amor a una experiencia emocional sin estructura ni finalidad definida. La relación deja de orientarse al bien del otro y pasa a organizarse en función de la conveniencia personal. Y al perder valores auténticos (reemplazados por sucedáneos débiles y corrompidos) el individuo queda fragmentado, incapaz de entregarse, confundiendo la inercia con la estabilidad y la posesión con el amor.
En todas las culturas humanas avanzadas, incluso mucho antes del cristianismo, el vínculo entre hombre y mujer se entendía como algo serio, duradero y regulado socialmente. Desde las sociedades prehistóricas hasta las civilizaciones clásicas europeas, siempre existió algún tipo de institución equivalente al matrimonio: un compromiso formal que protegía a la mujer, legitimaba a los hijos y aseguraba la continuidad de la comunidad. Nunca, hasta tiempos recientes, se había visto que el ser humano relegara este tipo de vínculo al concubinato como norma aceptada.
En la antigua Roma, el matrimonium civil era esencial para la continuidad de la familia y la estabilidad social. El concubinato estaba reservado a esclavos, libertos o soldados en campaña, es decir, personas sin pleno derecho ciudadano. Era una unión de segunda categoría, sin derechos legales ni reconocimiento social. La mujer concubina podía ser repudiada sin consecuencia alguna: no era esposa, sino compañera tolerada. Lo mismo ocurría en otras sociedades paganas europeas —griegas, germánicas o celtas— donde solo el matrimonio reconocía dignidad social, hogar y protección a los hijos. Las mujeres libres aspiraban al matrimonio formal, no al concubinato; sabían que ser concubina equivalía a depender del capricho del hombre.
En contraste con ese modelo europeo, que incluso en época precristiana tendía a la monogamia y a la estabilidad del vínculo, en el islam el concubinato y la poligamia quedaron abiertamente institucionalizados. El varón puede tener varias esposas y, además, concubinas —tradicionalmente esclavas—, lo que disuelve la exclusividad y fragmenta la unión. La mujer queda así reducida a un estatus variable, dependiente de su utilidad, fertilidad o del favor masculino, en una lógica que recuerda notablemente al concubinato moderno: convivencia sin alianza plena, sin exclusividad real y sin garantías duraderas.La modernidad, ha resucitado esta forma degradada de unión y la ha revestido de romanticismo barato. En nombre de la “libertad” y del “amor sin etiquetas”, la sociedad contemporánea ha devuelto a la mujer al estatus de concubina: compañera sin protección, amante sin promesa, madre potencial sin garantías. El concubinato moderno no es más que una sofisticación del uso recíproco: se comparte cama, vivienda y hasta cuentas, pero se evita el compromiso real, como si amar de verdad fuera una trampa o una pérdida de independencia. En este contexto, la entrega sexual temprana, sin un compromiso férreo, genera un apego desproporcionado en pocas semanas, un vínculo que parece profundo pero que en realidad nubla el juicio y anula la capacidad de elegir con lucidez. Así, muchos terminan unidos a personas que jamás habrían escogido en frío, atrapados no por una decisión consciente, sino por el apego ciego y las circunstancias del momento, un autoengaño afectivo que acaba con demasiada frecuencia en desgaste emocional y vidas rotas.