sábado, 2 de mayo de 2026

Poner la otra mejilla

Hermandad - EVANGELIO DEL DÍA. MATEO 5, 38-42. En aquel tiempo, dijo Jesús  a sus discípulos: «Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por  diente”. Pero yo les 

Actualmente, como ocurre con tantos otros pasajes evangélicos, este fragmento ha sido desfigurado por una lectura superficial, sentimental y completamente descontextualizada (algo muy propio de ese "hombre primitivo" que es el hombre actual según Ortega y Gasset, el cual ha olvidado los conocimientos de sus antepasados). Se ha convertido en una consigna de debilidad, cuando en realidad encierra una enseñanza profundamente exigente y cargada de dignidad. Para entenderlo correctamente, hay que situarse en su contexto histórico y atender a la interpretación constante del Magisterio de la Iglesia, no a los clichés modernos.

Poner la otra mejilla no es sumisión. Es un acto de desafío.

La mentalidad actual interpreta el mandato de Cristo como una invitación a ser pasivo, a dejarse pisotear, a adoptar una postura blanda e indefensa. Pero eso no tiene nada que ver con lo que ocurría en la Judea del siglo I. Allí, la mano izquierda se consideraba impura; no se utilizaba para golpear a nadie.

Por tanto, para abofetear la mejilla derecha —como especifica Jesús— el agresor debía usar el dorso de la mano derecha. Esa bofetada no era simplemente violencia: era un gesto de desprecio. Era la forma en que un superior humillaba a un inferior. El mensaje era claro: «Estás por debajo de mí».

Cuando la víctima gira la cabeza y ofrece la mejilla izquierda, cambia por completo la situación. Ya no es posible repetir el mismo gesto de desprecio. El agresor se ve obligado a golpear con la palma o con el puño. Y eso ya no es lo mismo: el puño se reserva para un igual.

Ahí está la clave.

Cristo no está enseñando a sus seguidores a acobardarse ni a aceptar la humillación. Les está enseñando a mantenerse firmes, a no rebajarse al nivel del agresor, pero tampoco a interiorizar su desprecio. Es una forma de resistencia sin odio, de firmeza sin violencia ciega.

Y eso exige más valor que devolver el golpe. Porque cualquiera puede reaccionar por impulso; lo difícil es sostener la dignidad sin perder el control, sin ceder al miedo y sin venderse por dentro.

Por eso, lejos de ser una llamada a la debilidad, este pasaje es una de las expresiones más radicales de fortaleza interior que existen. No habla de rendición, sino de dominio propio. No propone humillarse, sino impedir que el otro te degrade. Es, en definitiva, una lección de autoridad moral que hoy muchos no entienden… precisamente porque exige mucho más que la simple fuerza. 

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