miércoles, 15 de junio de 2016

El Ejército Blanco Ruso (1918-1921)



El Movimiento Blanco se formó en la primavera de 1917 para combatir al nuevo gobierno bolchevique que había tomado el poder en Rusia.
En sentido estricto, no existía ningún Ejército Blanco; sin coordinación central, las fuerzas blancas fueron más bien una confederación de grupos contrarrevolucionarios nacionalistas, entre el cúal una gran mayoría había servido en el ejército del zar Nicolás II y buscaban el retorno de la monarquía en el Imperio Ruso. La mayoría de oficiales que conformaban el núcleo del ejército eran ex combatientes de la Primera Guerra Mundial de ideología nacionalista monárquica, pero otros grupos minoritarios apoyaban a otras tendencias políticas: demócratas, social-revolucionarios de derecha y otros opositores de la revolución comunista de Octubre.
Las tropas de base del ejército blanco incluían tanto a enemigos declarados de los bolcheviques (muchos cosacos, por ejemplo), defensores de la monarquía y campesinos. A veces, los aliados occidentales de la Triple Entente y fuerzas extranjeras formadas por voluntarios proporcionaron importante asistencia a las unidades del ejército, ya que el Ejército Blanco no podía contar con el apoyo logístico por parte del zar, debido que el mismo había sido asesinado por los bolcheviques en julio de 1918. 

 

La Guerra Civil Rusa entre blancos y rojos duraría hasta 1921, fué una lucha encarnizada entre una gran parte del pueblo ruso de fuertes convicciones nacionalistas y cristianas, contra los subversivos bolcheviques que eran en gran parte judíos y otras minorías que vivían en el Imperio Ruso. El Ejército Blanco fué comandado por el Almirante Kolchak en el este y por Wrangel en la parte occidental, en colaboración ocasional con las fuerzas intervencionistas extranjeras como los Franceses o los Japoneses, quienes aportaron al Movimiento Blanco: dinero, asesoramiento militar, trenes acorazados, y artillería pesada, además de recibir por ejemplo entre marzo y abril de 1918 un cuerpo expedicionario aliado para intervenir específicamente en la Siberia oriental. Por otra parte los bolcheviques recibían grandes sumas de dinero por parte de importantes banqueros americanos de origen judío.
 Los blancos aguantaron bastante tiempo en algunas zonas (especialmente en el este de Siberia, Ucrania y Crimea) bajo la dirección del General del Movimiento contrarrevolucionario de los Blancos, el Ataman Semiónov que sustituyó al Almirante Kolchak tras su muerte y por otro lado el barón Roman von Ungern-Sternberg. En la etapa tardía de la guerra, el Ejercito Blanco fracasó en la unidad o la cooperación efectiva entre sus cuerpos, mientras que el Ejército Rojo paulatinamente consiguió ventaja. 
 

La ideología del Movimiento Blanco estuvo en permanente desarrollo durante la guerra civil. Los generales Lavr Georgevich Kornilov y Anton Ivanovich Denikin sostuvieron ciertas formas de base ideológica pero ninguna era tan concreta o coherente como la del general Piotr Wrangel durante el llamado experimento de Crimea en 1920. Fue ahí donde Wrangel planteó brevemente el núcleo del ideal blanco, que hacía énfasis en la liberación de Rusia de los judeo-bolcheviques y otras fuerzas anárquicas, el establecimiento de un gobierno justo y honrado, la protección de los fieles de las persecuciones religiosas, los derechos del granjero a la propiedad de la tierra y la oportunidad de todos los rusos de elegir a un líder.
Tras el fin de la guerra civil, los conceptos de Wrangel fueron plasmados en una ideología concreta por pensadores rusos como Ivan Ilyin, basada principalmente en las ideas de los eslavófilos. 
Por otro lado Alexander Kolchak encabezaba el movimiento blanco en el corazón de Rusia y en su parte oriental durante 1919, proclamándose como gobernador supremo, con la ayuda del general Káppel consiguió durante las primeras fases de la guerra conquistar una gran parte de Rusia, venciendo a los bolcheviques en varias batallas. Con la traición de los checos fué capturado por los bolcheviques y ejecutado.





En agosto de 1922, dos meses después de su derrota, el ejército blanco del lejano Este del general Mijaíl Ditterix llegaría tan lejos como para pactar la Zemskiy Sobor de Preamursk y elegir (sin su participación) al Gran Duque Nicolai Nicolaievich Romanov zar de todas las Rusias.
Luego que fue vencida la Guardia Blanca, oficialmente mediante un decreto de 1921 de la Comisión Central Ejecutiva de Rusia y del Soviet de Comisarios del Pueblo, entre dos y tres millones de personas (entre los cuales se encontraban antiguos rusos blancos u opositores a la Revolución de Octubre) pasaron a ser proscritos, motivo por el cual hubo una fuerte emigración de rusos antisoviéticos, agrupándose en Berlín, París, Harbin y Shanghái, estableciendo redes culturales que durarían hasta los años 50. A partir de dicho momento, sus actividades encontrarían acogida en Estados Unidos. Muchos oficiales y ex soldados del Ejército Blanco lucharon durante la Segunda Guerra Mundial en el Ejército Alemán desde el principio, como por ejemplo Piotr Krasnov junto a sus soldados cosacos. Después de la Segunda Guerra Mundial la actividad blanca se concentraría posteriormente en círculos de exiliados.
El Movimiento Ruso Blanco fue la primera fuerza organizada que entró en lucha armada contra la Internacional Comunista que había tomado el poder. El teniente general monárquico E. K. Miller, que fue en 1919-1920 uno de los jefes del Movimiento Ruso Blanco, y que encabezó en el exilio la Unión Militar Rusa, declaró que la Cruzada contra el comunismo empezada en España era continuación de la Lucha Blanca y llamó a los nacionalistas rusos a que se enrolaran como voluntarios en el bando nacional durante la Guerra Civil Española. Unos ochenta miembros de la ROVS y unos nacionalistas en forma individual, lograron entrar en España, donde intergraron un destacamento ruso que formaba parte del Tercio Doña Maria de Molina. Los anticomunistas rusos lucharon también en las filas de la Legión Extranjera Española y otras unidades del Ejército Español. 
En la Rusia actual la memoria de los rusos blancos ha sido restablecida y se les reconoce como héroes de la Federación Rusa. 

Piotr Wrangel




Alexandr Kolchak

Image from www.nnm.ru



Vladimir Káppel

Imagen relacionada




 Piotr Krasnov




Ataman Semionov




Barón Ungern Von Sternberg

viernes, 8 de abril de 2016

Saladino el Cruel

Contrariamente a lo que salen en películas de Hollywood como "El Reino de los Cielos" y algunos libros con cierta antiguedad que tenían más ficción que realidad en su contenido, Saladino no fué un ser de luz caballeroso y piadoso, ni mucho menos, lo que ocurre es que comparado con otros líderes musulmanes, él era más benévolo (era Kurdo, no árabe) ya que la mayoría solían ser crueles sanguinarios, al estilo del Estado Islámico actual; pero como veremos a continuación Saladino tampoco se quedaba corto en cuanto a crueldad.

Este personaje, como todos los grandes hombres, tiene sus luces y sus sombras, y después de leer su biografía escrita por diferentes autores, vemos que Saladino tuvo solamente una verdadera fobia, y ésta era su odio cerval a los caballeros del Hospital y sobre todo a los templarios.Después de la batalla de Tiberiades,mandó buscar a todos los prisioneros templarios y hospitalarios y ofreció a sus hombres, cincuenta dinares por cada caballero de estas órdenes que le trajeran. Dicen las crónicas que llegó a reunir a casi setecientos y una vez los tuvo delante gritó a sus soldados:”Quiero extirpar de la Tierra estas dos razas impuras” (Las Cruzadas,Johannes Lehmann).  

Y seguidamente pidió a los sufies (místicos de la religión musulmana) que le acompañaban, que con sus propias espadas les cortaran el cuello. Durante toda la matanza estuvo presente y riendo.Cuando se terminó el horrible espectáculo, dijo simplemente: “Hemos hecho una buena obra”, y seguidamente como contraste dejó libre a varios cientos de cristianos también hechos prisioneros en la misma batalla.
A qué motivo se debía su odio asesino a los caballeros-monjes cristianos; ningún historiador ha sabido interpretarlo, pero parece ser que quizá Saladino buscó “algún secreto” conocido por ellos, y más concretamente por los templarios, pues la única vez que se portó humanamente con alguien del Temple, fue cuando capturó en un solo día al Gran Maestre de los Templarios y a Hug de Tiberiades. Los mantuvo un tiempo en su corte, habló y bromeó con ellos e incluso en un hecho insólito, dió cincuenta mil besantes de su bolsillo, para liberarlos y cuando los dos caballeros marcharon, les dio una importante cantidad de dinero ¿le habían dicho lo que deseaba saber?. El historiador Zoé Oldenbourg en su inmensa obra Las Cruzadas (editorial Destino) nos dice que al parecer Saladino había hecho un voto místico desde muy joven, para acabar con los caballeros-monjes.


Saladino - Wikiwand

domingo, 20 de marzo de 2016

Corsarios, piratas, filibusteros y bucaneros.


Etimológicamente la palabra “pirata” viene de la griega peirates, con la que se calificaba a los espumadores o aventureros que intentaban suerte en el mar. El Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia señala que pirata es el “ladrón que anda robando en el mar”, y corsario “dícese del que manda una embarcación armada en corso con patente de su gobierno”. Corsario viene en realidad del latín “corsus” o carrera, porque es correr la mar. El mismo diccionario citado aclara que corso es la “Campaña que hacen por el mar los buques mercantes con patente de su gobierno para perseguir a los piratas o a las embarcaciones enemigas”. De esto parece deducirse que no hay pirata que ande robando por tierra, pese a que esto ocurrió. Peor resultan las definiciones de bucanero y filibustero. EL primero es calificado como “pirata que en los siglos XVII y XVIII se entregaba al saqueo de las posesiones españolas de ultramar” y el segundo como “nombre de ciertos piratas que por el siglo XVII infestaron el mar de las Antillas”. Los significados están cambiados, pues el bucanero era antillano mientras que el filibustero operaba tanto en el océano Atlántico como en el Pacífico. Por otra parte el bucanero era propio del siglo XVII, y de su primera mitad, sucediéndole luego el filibustero durante la segunda mitad de dicha centuria y principios del siglo XVIII.


Bandera del capitán Barba Negra

Pirata era el que robaba por cuenta propia en el mar o en zonas costeras. Para Azcárraga, piratería era “aquella expedición armada o empresa por mar con un fin lucrativo y sin tener la autorización del Estado”. Su actuación indiscriminada contra todo tipo de navío mercante alteraba el comercio regular y motivaba su persecución por las naciones marítimas y sobre todo por las potencia hegemónicas, afectadas por el desorden marítimo. El mismo autor afirma que un elemento básico de la piratería consiste “en que debe amenazar la seguridad comercial general no tan sólo la de un país aislado o buque”. Resulta así que el pirata es enemigo de todo el comercio marítimo, porque se mueve exclusivamente por su afán de lucro, sin discriminar ningún pabellón nacional. En América los piratas atacaron principalmente las colonias portuguesas y españolas, pero lo hicieron porque eran las únicas que existían hasta mediados del siglo XVI, y luego porque fueron las más ricas durante el siglo XVII. Cuando las colonias inglesas fueron rentables, a comienzos del siglo XVIII, fueron igualmente objeto de sus depredaciones. Ahora bien, el pirata no era anti-español, sino apartida. Su bandera negra (o roja) era el símbolo de su libertad y la enarbolaba como oposición a los pabellones nacionales.
El corsario actuaba igual que el pirata, pero frecuentemente, no siempre, se amparaba en una ética. Esta ética procedía de la aplicación de la ley de Talión y era el derecho de represalia. La patente real que se le entregaba, legalizaba su misión por lo que, como señaló Azcárraga, “su participación en la guerra no podría ser considerada ni como un caso de piratería, ni como un acto de guerra privada”. El mismo autor añade que incluso es preciso admitir la existencia de un “corso general”, ejercido por todos los súbditos de un monarca contra los súbditos y propiedades de otro Estado beligerante (derecho de represalia), y un “corso particular”, que sería el que usualmente llamamos corso, practicado por algunos súbditos que solicitaban al soberano autorización para infringir daños al enemigo. La moral del corsario español se fundaba en recobrar los bienes de la corona o de sus compatriotas, y la de los corsarios extranjeros en romper el monopolio comercial impuesto por España. Azcárraga nos da una buena definición de la actividad corsaria con estas palabras: “empresa naval de un particular contra los enemigos de su Estado, realizada con el permiso y bajo la autoridad de la potencia beligerante, con el exclusivo objeto de causar pérdidas al comercio enemigo y entorpecer al neutral que se relacione con dichos enemigos”. Frecuentemente el corsario es un marino particular –no siempre- que ofrece sus servicios y su embarcación a un monarca –no tiene que ser necesariamente de su propio país- y comúnmente en tiempos de guerra, para integrar, con otros de su misma calidad, una especie de marina auxiliar de la nacional. Sus barcos son llamados igualmente corsarios, corsaires en francés, y privateers en inglés. El corsario incluso emplea la treta de enmascarar su navío de guerra como si fuera un mercante, para sorprender mejor a su presa.
El corsario acepta las leyes y usos de la guerra, observa las instrucciones de su monarca y ofrece una fianza, como garantía de que respetará el orden establecido. Su ejercicio profesional se limita a menudo por leyes u ordenanzas: Leyes de Pisa de 12889, de Génova en 1313 y 1316, acuerdos de la Liga Anseática de 1363, 1364 y 1382, los anglo-franceses de 1495 y 1597, el reglamento francés de corso de 1373 y las posteriores ordenanzas de corso de 1584 de Francia, 1597 y 1622 de Holanda, 1707 de Inglaterra, 1710 de Dinamarca, etc. La legislación española sobre el corso data de 1356 ( Ordenaciones de Pedro IV de Aragón) y de la normativa de los RR.CC. de 1480 sobre el quinto de las presas marítimas. Las primeras ordenanzas para el corso español en América son de 1674.
Un aspecto enmascarador de la actividad corsaria es la coyuntural impuesta por la guerra. Frecuentemente el corsario era un pirata que aceptaba servir a un soberano para atacar las naves de otro al que le había declarado la guerra. Teóricamente, era un pirata cuando atacaba las naves de un monarca que estuviera en paz con el suyo, tras un conflicto. Esto último era muy raro, aunque cuenta con un ejemplo tan elocuente como el de Walter Raleigh, que fue ahorcado precisamente por esto. Ahora bien, en una época en la que las comunicaciones marítimas eran difíciles, tales situaciones resultaban a veces sutiles y hasta injustas. Realmente eran muy escasos los corsarios que suspendía un ataque a un mercante cuando se enteraban de que su rey acababa de firmar un tratado de paz con la nación que amparaba a dicho mercante, aunque hubo algunos casos. Para terminar de complicar las cosas diremos que en América existían unos extraños corsarios franceses que sólo actuaban contra las posesiones españolas situadas al sur del Trópico de Cáncer y oeste del meridiano de las Azores. La paz de Vervins, acordada entre España y Francia, estipuló en un artículo secreto que tal armisticio no tendría validez en dicho espacio. Resultaba así que un aventurero francés con patente de corso era un honrado marinero que zarpaba de su país y llegaba al meridiano de las Azores, momento en el cual se transformaba en corsario. 
  
Bandera (Jolly Rogers) del capitán Jack Rackham

Azcárraga ha señalado las causas por las cuales un corsario podía ser considerado un auténtico pirata, que son las siguientes:
1) Cuando el barco pirata no posee patente.
2) Cuando continúa su actividad corsaria después que haya expirado el plazo que se le marcó en su patente, o si la guerra hubiera terminado, o si dicha patente le fuera retirada.
3) Cuando el corsario ha aceptado dos o más patentes de distintos beligerantes.
4) Cuando el corsario se apropia ilegal y directamente, en su beneficio propio, de barcos y cargamento.
5) Cuando el corsario acepta la patente de un Estado con la tajante prohibición a este respecto de su Gobierno (en este caso puede ser tratado como pirata incluso por su propio Estado, que le otorgó la primera patente).
6) Cuando el corsario viole las leyes del Derecho de Gentes y use un falso pabellón.
7) Cuando no presente voluntariamente su presa ante un Tribunal competente.
8) Por último, cuando el corsario haga su guerra en aguas fluviales del enemigo.
La sumisión de un corsario a un monarca se evidenciaba con la entrega de éste de una parte del botín. La comisión, en cualquier caso, convertía al monarca en socio y cómplice de las acciones de su corsario. Este carácter le convertía en hombre de negocios, a la par que marino. La soberana inglesa entregaba a sus corsarios notables algunos buques reales para aumentar la eficacia de sus golpes de mano, con lo que también incrementaba sus propios ingresos. El corso era así una actividad subvencionada por el Estado. Aún hay mas; muchos corsarios eran subvencionados por compañías comerciales, que les otorgaban las patentes y recibían luego parte de los botines logrados. El caso es bien conocido entre los corsarios holandeses de la Compañía de las Indias, pero también entre los de otros países. Hubo corsarios españoles de la Compañía Guipuzcoana, de Gobernadores indianos y hasta de algunos municipios (algunos corsarios daban parte de sus botines a los ayuntamientos que les amparaban). De aquí que fuera apoyados económicamente por burgueses e incluso por nobles. De ahí, también, que el corsario fuera considerado una figura heroica para su país. Si el pirata era un personaje romántico, porque luchaba contra el sistema, el corsario era, en cambio, clásico, porque combatía y defendía el orden existente.
Pese a todo lo dicho, el mimetismo entre pirata y corsario subsistió siempre. Quizá porque como anotó Azcárraga “todos los corsarios son piratas... y todos los piratas son o pretenden, por lo menos, corsarios”. El problema es aún mayor si tenemos en cuenta que, como dice el mismo autor “El Corso se practicaba tanto en tiempo de paz, como medida de represalia, como en tiempo de guerra”. Podía haber, como tanto, corsarios que atacaran los buques de otro país con el que no se había declarado la guerra, aunque sí, cierto grado de beligerancia tradicional. Inglaterra, Holanda y, en menor medida, Francia, emplearon durante el siglo XVI y primer cuarto del XVII unos corsarios que frecuentemente combatieron contra buques y poblaciones españolas en tiempos de paz. Para los españoles eran auténticos piratas, y se extrañaban cuando les aplicaban tal calificativo. Drake, por ejemplo, se encolerizó cuando se encontró en Cartagena de Indias una cédula de Felipe II a su gobernador advirtiéndole la posible llegada de un “pirata” inglés llamado Drake. Drake le dijo al obispo de la ciudad que él no era ningún pirata, pues había sido enviado por su reina, cosa que debía saber el monarca español, atribuyendo el “error” al “exceso de secretarios y a que los reyes no podían leer siempre lo que firmaban”. El obispo le replicó con ironía: “No venimos a estas averiguaciones, sino a tratar de lo que se ha de dar porque no se quemen la ciudad y sus templos”. Realmente Drake era un corsario que actuaba contra una nación, España, considerada enemiga suya, aunque no mediara un estado de declaración formal de guerra. Para colmo de males el insulto de “pirata” se lo prodigó el obispo cuando estaba exigiendo recibos por los tesoros que robaba, actitud típica de un corsario, inimaginable en la cabeza de un auténtico pirata, a quien no le interesaban justificantes de lo que hurtaba. Algo parecido ocurría con los corsarios holandeses, que difícilmente podían declarar la guerra a España, perteneciendo a la misma corona. Al menos, hasta que no se independizaron. Parece así que lo que caracteriza al corsario del pirata era la patente que recibía para poder ejercer la piratería en beneficio de una autoridad con la que convenía previamente un negocio. Este negocio era lo fundamental y discriminaba la forma de repartir los beneficios, siempre a crédito, y a veces la participación para equipamiento de la empresa. En cuanto a la autoridad que era extremadamente compleja, lo usual era que un soberano o un Estado (el holandés), pero también podía serlo una autoridad subordinada a ellos, como sus gobernadores o a una compañía comercial con respaldo gubernamental ( la Guipuzcoana española, la de las Indias Occidentales holandesa, etc) . Tal patente daba validez de la condición corsaria, independientemente de que su portador actuara contra posesiones de un rey enemigo, que era lo usual, o contra las de otro con el que no mediaba estado de guerra. El extraño caso del ahorcamiento de Raleigh por haber atacado un territorio español (La Guayana), después de haberse firmado la paz hispano-británica no debe tomarse como significativo de que un corsario no podía atacar los dominios de otro monarca cuando hubiera mediado un tratado de paz, sino más bien como desobediencia al monarca que le había dado instrucciones al otorgarle la patente. No se repitió jamás con los corsarios holandeses. Francia tampoco aplicó tal principio a sus corsarios del siglo XVI, cuando atacaron la Florida para cortar el tráfico español en el Canal de la Bahama. Menéndez de Avilés ahorcó a quienes lo hicieron sin que la Corona francesa reclamara por ello, quizá por el hecho de que eran hugonotes. Antes al contrario, le quitó un peso de encima. Podemos concluir así que el corsario se define y significa por la patente o amparo de una autoridad, generalmente real (no siempre), para realizar asaltos en el mar, sin que necesariamente realice tales asaltos contra bienes o posesiones de una nación enemiga de la autoridad que expide la patente, cosa sin embargo frecuente. Obviamente, el corsario está obligado a respetar los bienes y posesiones amparados por dicha autoridad que le protege y con la que comparte el botín depredado.
Los bucaneros fueron una creación exclusivamente americana. Tomaron su nombre de la palabra “bucan” o “boucan”, que parece ser de origen Karib –para otros historiadores es Arawak, lo que es más improbable- y se refería, a la forma que los indios (caribes) asaban la carne. En realidad la asaban y ahumaban a la vez, y con madera verde, mediante un ingenio que llamaban barbacoa. Bucan era así la acción de preparar la carne asada y ahumarla siguiendo un procedimiento indígena. Bucaneros eran quienes preparaban así la carne. Cazaban el ganado cimarrón, puercos y vacas salvajes, descuartizaban las presas, las asaban las ahumaban, y las vendían a quienes querían comprarlas; piratas por lo común, que merodeaban por sus latitudes. Los bucaneros aparecieron a partir de 1623 y se localizaron donde había más ganado cimarrón; la parte deshabitada de la isla Española. Más tarde se hicieron también piratas, pero siguieron utilizando el mismo gentilicio para designarse a sí mismos. Gosse dijo de una manera gráfica que “de matarifes de reses, se convirtieron en carniceros de hombres”. Se llamó así bucanero tanto al cazador de ganado salvaje, como al cazador que había abrazado la piratería. En cualquier caso el bucanero fue propio del Caribe y del segundo cuarto del siglo XVII. Al convertirse en aventurero del mar se comportó como un pirata, y de aquí que pueda incluirse también como parte del mismo filum.
Los filibusteros resultaron de la fusión de los bucaneros y los corsarios. Su nombre es igualmente de un origen confuso. Para algunos historiadores deriva de las palabras holandesas “Vrij Buitre”, que significan “el que captura el botín libremente”, traducidas al inglés como “free booter” y el francés como “flibustier”. Para otros viene de las palabras holandesas “vrie boot”, que se trasladarían al inglés como “fly boat” o “embarcación ligera”, ya que empleaban naves livianas de forma aflautada, lo que les permitía gran maniobrabilidad. Los filibusteros aparecieron a partir de 1630 y principalmente en la isla Tortuga. Jaeger afirma que el filibusterismo es un fenómeno exclusivo del Caribe y de medio siglo bien determinado: el transcurrido desde 1630 hasta 1680. El filibusterismo evolucionó con el tiempo y se amparó posteriormente en algunos países de Europa occidental, que los utilizaron en su pretensión colonialista. Les brindaron refugio y ayuda, a cambio de la cual se convirtieron en servirles a sus propósitos. Es por esto por lo que para Deschamps, el filibustero, sobre todo el tardío, era un pirata semidomesticado.
Tanto los bucaneros, como los filibusteros tempranos, carecieron de nacionalidad. Eran principalmente franceses e ingleses, pero no respetaban los buques de su país. Atacaban cualquier buque mercante –y esto lo equiparaba a auténticos piratas- pero preferentemente a los españoles, por ser los que transportaban cargas más valiosas. Las potencias enemigas de España decidieron atraérselos a su lado con objeto de que actuaran contra las naves peninsulares. Se convirtieron así en unos piratas con patente para asaltar posesiones y buques españoles, de lo que se deriva ese calificativo de piratas “domesticados” que les dio Deschamps. El hecho de que contaran con la colaboración inglesa, francesa y holandesa les permitió empresas de mayor envergadura que las realizadas por los bucaneros, que actuaron de forma independiente. Para León Vignols, sin embargo, no existe una verdadera sucesión temporal entre los bucaneros y los filibusteros, que fueron en su opinión, dos sociedades complementarias. Pasaban de un oficio a otro, según les convenía, un punto de vista poco aceptado, pese a todo. Resulta así que los bucaneros fueron los cazadores de ganado salvaje de la Española, y también fueron los piratas independientes del Caribe durante el segundo y tercer cuartos del siglo XVII, mientras los filibusteros, y sobre todo los tardíos, fueron empleados principalmente por las potencias europeas enemigas de España en el Atlántico y en el Pacífico durante la segunda mitad de la centuria.
Un aspecto poco estudiado, pero fundamental, es el relativo a los lugares donde toda la familia de piratas vendía sus botines, para proveerse de alimentos, bebida e implementos de combate. Para los auténticos piratas constituyó un verdadero quebradero de cabeza, ya que podían ser apresados y ahorcados en dichos puertos. Todo dependía de la codicia y de la moral de las autoridades de los puertos a los que arribaban, cosa siempre difícil de averiguar. Los corsarios no tenían tal problema, pues regresaban tranquilamente a sus bases en Europa, donde eran bien recibidos y hasta homenajeados. Allí exhibían y vendían sus botines y eran aprovisionados para nuevas acciones. Los bucaneros utilizaron para esto la isla de la Tortuga, una auténtica guarida para quienes carecían de toda ley, y los filibusteros tardíos los puertos de Jamaica y Saint Domingue, que eran puertos francos para todos los negocios ilegales. Mansvelt intentó construir una guarida filibustera en Santa Catalina o Providencia durante el tercer cuarto del siglo XVII, pero murió sin lograrlo. Más tarde surgieron otros “puertos libres” donde autoridades poco escrupulosas hacían la vista gorda a todo lo que se vendía en ellos, generalmente a cambio de comisiones. Las dificultades impuestas por el amparo de un puerto fiable impuso en el siglo XVIII la extraña costumbre de enterrar los botines en lugares ignotos, lo que dio origen a historias fabulosas, de todos conocidas.
Para terminar conviene aclarar que piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros son tipologías representativas de un oficio de ladrones del mar que tenía infinitos eslabones intermedios, imposibles de definir. Como ocurre frecuentemente, lo indefinido es más usual que lo definido, pues el hombre gusta de expresar su voluntarismo contra todo tipo de clasificaciones. Veremos así piratas semi-corsarios, corsarios semi-piratas, bucaneros semi-filibusteros, etc. Un ejemplo patente de estas variantes fueron los primitivos “mendigos” o “pordioseros” del mar, que eran corsarios con patente, pero sin patria, ya que la suya estaba ocupada por los españoles. Eran además corsarios especializados en atacar los mercantes del rey Felipe II, que teóricamente era su propio monarca. 

Fuente: “Piratas, corsarios, bucaneros y filibusteros” de Manuel Lucena Salmoral.- Editorial Síntesis.

sábado, 20 de febrero de 2016

Los Combates de Cagayán, 40 españoles vencieron a 1000 samuráis

Transcurría el año 1580 cuando Gonzalo de Ronquillo, gobernador español de las Filipinas, escribió una carta a Felipe II alertando sobre los belicosos piratas japoneses que, armados con katanas, arcabuces y cañones portugueses, atacaron la isla de Luzón y exigieron tributos a sus habitantes. Para combatir a la temible amenaza corsaria, el monarca envió a un veterano capitán de la Armada, Juan Pablo Carrión, quien a sus 69 años protagonizó una de las victorias más heroicas pero menos conocidas de los tercios españoles: los Combates de Cagayán.
Durante el XVI la presencia de navegantes nipones y chinos en las aguas del archipiélago filipino no era nada nuevo. De hecho, antes de que la expedición de Miguel López de Legazpi en 1565 anexionara estos territorios al Imperio Español, los chinos ya habían establecido puestos comerciales en la zona y se habían convertido en una minoría de la población. Además, en 1571 los japoneses comenzaron a intercambiar plata por oro filipino en la isla de Luzón.
Sin embargo, el 29 de noviembre del año 1574, el corsario chino Li Ma Hong al mando de 3.000 hombres atacó la joven ciudad de Manila con la intención de establecer un señorío pirata. Tras un duro enfrentamiento contra fuerzas españolas y filipinas, seguido por un asedio de más de cuatro meses en el fuerte en Pangasinán, los piratas fueron derrotados y Li Ma Hong, que presumía de ser un tigre y haber escapado de más de 100.000 soldados chinos, huyó humillado. A pesar de esta victoria, el problema de la piratería en las costas filipinas continuó.

Pintura del siglo XVI que relata los ataques de los piratas japoneses. / http://en.wikipedia.org
 Pintura del siglo XVI que relata los ataques de los piratas japoneses.

En 1580 fueron los wakō o piratas japoneses, liderados por el temido Tay Fusa, quienes llevaron a cabo un intenso saqueo y sembraron el terror en la isla filipina de Luzón, sobre todo en la provincia de Cagayán. Para poner fin a este ataque, Juan Pablo Carrión emprendió la búsqueda de Tay Fusa al mando una flotilla de siete barcos, compuesta por la galera La Capitana, el navío ligero San Yusepe y cinco bajeles pequeños de apoyo. Sin embargo, el capital español no imaginaba que el destino le llevaría a vivir, a sus casi 70 años de edad, una cruenta batalla que enfrentaría a 40 soldados españoles contra 1.000 rōnin (samuráis sin señor) y ashigaru (infanteria japonesa armada con mosquetes).
Al llegar al cabo Bogueador los hombres de Carrión divisaron uno de los juncos japoneses que había saqueando la costa de Luzón. Aunque el buque nipón era mucho mayor que los españoles y superaban en número, La Capitana logró acortar distancias hasta interceptarlo. Prepararon los cañones de la crujía y los falconetes y los tercios se armaron para el abordaje provistos por espadas, picas, arcabuces y hachas.

Juan Pablo Carrión. / http://es.wikipedia.org
Juan Pablo Carrión. 

Las ráfagas de artillería de la galera alcanzaron el casco del junco y los soldados de Carrión saltaron a la cubierta enemiga, pero los guerreros japoneses, bien armados y entrenados en el arte de la guerra, les obligaron a replegarse. Los japoneses no solo superaban a los tercios en número sino que también contaban con arcabuces portugueses. Ante este contraataque corsario, los soldados españoles retrocedieron hacia la popa de la galera y formaron en una barrera con los piqueros delante y arcabuceros y mosqueteros detrás.
Para defender a sus hombres, Carrión cortó con su espada la driza del palo mayor y éste cayó atravesado sobre la cubierta creando una trinchera y permitiendo a los mosqueteros y arcabuceros disparar contra los japoneses, lo que provocó numerosas bajas enemigas. En ese momento, el San Yusepe disparó sus cañones contra el junco y los japoneses, batidos en retirada, saltaron al agua con la intención de llegar a nado a la costa, aunque muchos se ahogaron debido al peso de las armaduras.
Tras esta victoria, la flotilla española avanzó por el río Tajo o río Grande de Cagayán, donde se encontró con 18 champanes japoneses. Este enfrentamiento también culminó con la victoria de los tercios, quienes lograron desembarcar a los hombres y cañones de la galera en un recodo del río y se atrincheraron próximos a las posiciones del grueso de las fuerzas enemigas en tierra.

Saqueo de los piratas japoneses. / https://aforjar.wordpress.com  Saqueo de los piratas japoneses.

Ante el ataque español, los piratas japoneses decidieron negociar una rendición, pero exigieron una indemnización en oro como compensación por abandonar el archipiélago. Carrión se negó tajantemente y Tay Fusa ordenó atacar por tierra con más de 600 piratas.
Los tercios españoles que lideraron la defensa aguantaron dos asaltos seguidos y, para que a los japoneses les resbalen los dedos al intentar arrebatarles las picas durante la lucha, Carrión ordenó untar los mástiles de éstas con sebo. El tercer ataque se desarrolló con los españoles casi desprovistos de pólvora, pero lograron resistir con coraje y derrotar a los guerreros nipones.
Cuenta un antiguo relato tradicional japonés que sus valientes guerreros fueron derrotados por los wo-cou, unos demonios mitad pez mitad lagarto que atacaban tanto en mar como por tierra. Con este relato fantástico, que resaltaba una ferocidad en el combate inhumana, la tierra del sol naciente otorgó a los hombres de Juan Pablo Carrión una fama legendaria.

Fuente: http://ebuenasnoticias.com/