martes, 14 de abril de 2020

La Reconquista Española, una historia que intentan borrar.

Introducción

Se denomina Reconquista al período de la historia de la península ibérica de aproximadamente 780 años durante el cual se recuperaron los territorios conquistados por los musulmanes, que empezó con la batalla de Covadonga en el año 722 y la victoria de los Reyes Católicos Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón sobre el Reino nazarí de Granada en 1492.

En 711 se produjo en la Península Ibérica la primera invasión de los árabes procedentes de África del Norte. Entraron por Gibraltar (Gib-Al-tarik, nombre del general que desembarco) y el propio Rey Rodrigo (Don Rodrigo), último de los Visigodos, fue a combatir, perdiendo la vida en la Batalla de Guadalete. Los moros se aprovecharon de la situación de rebeldía de varios nobles visigodos, así como de la conocida traición de Don Julian en Ceuta, y de la ayuda de algunos grupos judíos para conquistar importantes ciudades y fortalezas.
En el 713 cayó Toledo y en el 714 Zaragoza. Tarik es llamado a Damasco para informar y nunca mas vuelve. Su lugar lo ocupa el gobernador Adal-Ariz. Este gobernador comienza el emirato independiente. A partir de este momento comienzan una política de tratados con los nobles visigodos que les permiten controlar el resto de la península. En el 716 Adal-Ariz es asesinado en Sevilla y comienza una crisis tal que en los siguientes 40 años se suceden 20 gobernadores. Este mismo año, el 716 los árabes comenzaron a dirigir sus fuerzas hacia los Pirineos, para tratar de entrar en el reino Carolingio.

Don Pelayo, la batalla de Covadonga y el inicio de la Reconquista

En el año 718 un noble Visigodo, o probablemente Hispanovisigodo, llamado Pelayo se subleva. La sublevación fracasa y es hecho prisionero y enviado a Córdoba (Los escritos usan la palabra Córdoba, pero esto no quiere decir nada, ya que los árabes llamaban Córdoba a todo el califato). Sin embargo consigue escapar y organiza una segunda revuelta en los montes de Asturias, que acabó con la batalla de Covadonga del 722. Esta batalla se considera el comienzo de la reconquista y del primer reino Cristiano, que fue el de Asturias bajo el reinado de Don Pelayo. Algunos académicos afirman que sin Covadonga, actualmente seríamos como Turquía.
Mientras tanto debido a la resistencia Carolingia de los Francos en la parte española de los Pirineos nació la Marca Hispánica. La Marca hispánica (aquí marca quiere decir frontera). Fue una zona de contención militar  en los pirineos dependiente del Reino Franco y abarcaba desde Pamplona hasta Barcelona . Al poco tiempo los distintos nobles hispanovisigodos que controlaban los territorios de la Marca crearon el Reino de Navarra, al Reino de Aragón y los condados de Urgel y Barcelona.

1.300 años de la batalla de Covadonga • La Aventura de la Historia
                                                                   Covadonga 722


La Identidad Hispanovisigoda

El foco de Asturias tiene más renombre debido a que fue el inicio, la chispa que encendió el fuego de la Reconquista, pero no por ello, el resto de focos tienen menos importancia. En Navarra, el Alto Aragón y el Condado de Barcelona, desde el primer momento, se tenía la voluntad férrea de expulsar al moro, y de recuperar territorios para la Cristiandad, de reinstaurar lo que se perdió en tiempos del Rey Rodrigo. En Barcelona a finales del siglo VIII se tenía una gran conciencia de identidad goda, que se manifestó en la supervivencia de determinados nombres: Ermegodo, Levegedo, Alarico o Recaredo, Jueces y escribanos aluden continuamente a la ley goda como nuestra ley o la ley de nuestros padres, con escrupulosa exactitud la transcriben y, antes de la invocación divina, la sitúan a veces en el encabezamiento de documentos oficiales.

Después de la Biblia, es el Liber Iudicum, el texto más habitual en las bibliotecas. La abundancia de obras de San Isidoro de Sevilla en las estanterías de los monasterios revela la pujanza de la cultura visigoda en los Condados Catalanes y en el resto de España.
Ninguna especificidad cultural distingue a los habitantes de los condados catalanes del resto de la Península, todavía ocupada, o del pequeño Reino de Asturias. Con ellos constituyen la Hispania que unificaron los romanos. Los godos de Cataluña se llaman Hispani, al igual que los que huyen del emirato de Córdoba a tierras cristianas.
Wilfredo el Velloso, conde de Urgel y Barcelona, consiguió repoblar la plana de Vic en la segunda mitad del IX; a principios del X, los reyes de Navarra consiguieron conquistar zonas del valle del Ebro quitándoselas, así, a los moriscos y liberando a las comunidades cristianas mozárabes que habitaban la zona.

Wilfredo el Velloso, conde de Urgel y Barcelona, consiguió repoblar la plana de Vic en la segunda mitad del IX; a principios del X, los reyes de Navarra consiguieron conquistar zonas del valle del Ebro quitándoselas, así, a los moriscos y liberando a las comunidades cristianas mozárabes que habitaban la zona.

El avance cristiano

Durante el 929, se creó el Califato de Córdoba que reforzó el poder musulmán, y hasta el 1031 la reconquista de la Península Ibérica se vio frenada; únicamente podemos destacar el triunfo cristiano en Simancas llevado a cabo por el rey de León Ramiro II, dicho triunfo es digno de mención porque, gracias a él, se consiguió comenzar la expansión del cristianismo hacia el sur del Duero.
De todas formas, este avance duró poco tiempo ya que a mitad del X las tropas cristianas tuvieron que recular y volver a la posición inicial, sobre el Duero. El motivo es que Almanzor, caudillo del Califato de Córdoba, llevó a cabo unas campañas muy violentas que tenían como objetivo frenar el avance cristiano y atacó en toda la zona norte: desde Santiago de Compostela hasta Barcelona.
El Califato de Córdoba se desintegró en el año 1031 y esto causó que hubiera un gran cambio de poder entre los musulmanes y los cristianos. Con la caída del Califa (el rey musulmán), en España los reyes cristianos pasaron a tener más poder que los gobernantes musulmanes de las taifas (las taifas eran como condados independientes), por ello, comenzaron a ejercer como protectores y cobraron tributos a los taifas que se habían descompuesto tras la caída de Córdoba.
Fue en la segunda mitad del siglo XI cuando los reyes de Castilla y León comenzaron a repoblar el territorio del Duero y del sistema central español, es decir, las tierras extremeñas. De entre todos los puntos que repoblaron caben destacar las ciudades de Segovia, Ávila y Salamanca que, inmediatamente, se convirtieron en comunidades cristianas que se alzaban a defender la religión romana.
En el 1085 el rey Alfonso VI ya había entrado en Toledo, ciudad que había sido la antigua capital de los visigodos y, también, una zona clave para Al-Andalus. Los reyes de Aragón también continuaron con la reconquista de España invadiendo zonas como Huesca o Barbastro, cercanas al Pirineo.
Sin embargo, a finales del XII los almohades, fanáticos del Islam, volvieron a frenar la reconquista unificando, nuevamente, las tierras de Al-Andalus.

Los mozárabes, la resistencia cristiana.

En los territorios dominados por los musulmanes continuaban existiendo, separadas en guetos aunque rara vez de forma pacífica, comunidades hispanovisigodas que mantenían su fe cristiana, se les conocería como mozárabes. Estos eran tolerados al principio, pero poseían menos derechos que los musulmanes. Las condiciones de vida de estas comunidades se fueron endureciendo a medida que avanzaba la Reconquista  y se volvió insoportable con la llegada de los almorávides y almohades del Norte de África.
La continuidad cultural hispana representada por los mozárabes o cristianos habitantes de zonas bajo dominio musulmán, que constituyeron la mayoría de la población en zona musulmana excepto en la minúscula Granada nazarí de los siglos XII-XV donde casi fueron exterminados por los almorávides y benimerines. Estos mozárabes tenían un enorme peso demográfico frente a los reinos cristianos norteños, poco poblados, o la élite musulmana, y por su condición de cristianos ocupaban la clase más baja. Todos los datos nos dicen que se rebelaron todo lo que pudieron contra los musulmanes o huyeron al norte en diversas oleadas. Un ejemplo: la ciudad de Toledo, ejemplo de tolerancia, lo fue bajo el dominio cristiano, ya que durante el dominio musulmán la población local, mayoritariamente judía y cristiana, se rebeló en 800, 811, 829, 932, 987... y fue definitivamente reconquistada en 1085. Total, tres siglos y medio, con independencias intermitentes.
Además, tanto en fuentes cristianas como musulmanas, aparecen numerosas citas acerca de los elevados impuestos especiales que debían pagar solo los no musulmanes, como la gizya, harag, así como leyes que tratataban con inferioridad a los no musulmanes.

La batalla en Navas de Tolosa: el principio del fin

Pero en 1212 los almohades fueron vencidos en Navas de Tolosa por el rey de Castilla Alfonso VIII y significó el fin del imperio islamista. Después de esta batalla, Al-Andalus volvió a dividirse en diferentes taifas permitiendo, así, que el siglo XIII fuera el momento cumbre de la Reconquista española. Cabe destacar que tanto en esta batalla como en otras participaron asiduamente varias órdenes militares religiosas, como la del Temple, la de Calatrava o la de Santiago, ya que en la Reconquista existía un claro sentimiento de Cruzada.
Tras el conflicto en Navas de Tolosa se comenzaron a organizar las cruzadas cristianas pero la más importante fue la iniciada por la Corona de Aragón y capitaneada por Jaime I el Conquistador (o Jaume I el Conqueridor, en catalán). Este monarca consiguió ir recuperando territorio musulmán y convertirlo al cristianismo, así fue como anexionó a la Corona las islas Baleares, Valencia y parte de Murcia.
Desde Castilla también se inició una batalla para reconquistar la Península Ibérica y devolverla a los cristianos. Su acción era hacia las tierras del sur donde más fuertemente habían calado los árabes y, tras un largo asedia, al final del 1248 Sevilla cayó rendida a los cristianos, ciudad que había sido la capital de los almohades. Finalmente, en 1262 cayó Cádiz quedando, únicamente, Granada a manos de los musulmanes, a estas alturas, la reconquista era ya cosa hecha.
La Toma de Granada
El reino de Granada se resistió mucho más que el resto y, estuvo en pie hasta finales del siglo XV, coincidiendo en año con el descubrimiento de América por Cristóbal Colón por orden de los Reyes Católicos.
La reconquista de Granada debía realizarla la Corona de Castilla pues, por proximidad geográfica, tenía más posibilidades de poder realizar esta invasión. Pero dicha conquista no pudo llevarse a cabo hasta que llegaron los Reyes Católicos y, entonces, en 1481 se declaró la última guerra a los moriscos en la Península Ibérica.
El 2 de enero de 1492 tuvo lugar la caída de Granada y, con ella, terminó por completo la Reconquista de España para los cristianos después de casi 800 años.


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Desmontando la versión crítica

Algunos académicos de cierta tendencia ideológica, han manifestado que el término de "Reconquista" podría ser inexacto, pues los reinos cristianos que reconquistaron el territorio peninsular se constituyeron con posterioridad a la invasión islámica, a pesar de los intentos de estas monarquías por presentarse como herederas directas del antiguo reino visigodo, es decir, según estos historiadores ciértamente anti-hispánicos en su aplastante mayoría, aseguran que las afirmaciones de los reyes y condes cristianos de la reconquista eran un invento para legitimar sus conquistas.
Estas afirmaciones chocan de pleno con la realidad, ya que los condes y reyes que surgieron eran nobles hispanovisigodos o visigodos, decir lo contrario es una muestra de ignorancia o de fanatismo ideologizado. Además, la razón principal de la reconquista ante todo es que fue una empresa religiosa, más que política, son innumerables las citas medievales que versan sobre la recuperación para la cristiandad de los territorios invadidos por los moros. Para colmo parecen ignorar que España como reino, ya existía antes de la invasión en el año 711, con Leovigildo el Reino de Toledo abarcaba la totalidad de la península, y bajo su reinado se legalizaron los matrimonios mixtos entre hispanorromanos y visigodos, hecho fundamental que marca el inicio de lo que luego sería conocido como España o las Españas, ya que toda la población pasó a tener una misma cultura y luego con Recaredo pasarían a tener también una misma religión, la católica. Los visigodos abrazaron el concepto de la Hispania romana y lo hicieron suyo, de hecho España es la traducción literal de Hispania. Concretamente se puede considerar como fecha oficial el año 589 d.C. cuando se celebró el III Concilio de Toledo, en el cual se declaró al Catolicismo como religión oficial del Reino. Bajo el reinado de Recaredo al cual se puede considerar como el primer rey de España, San Isidoro escribió las Alabanzas a España a principios del siglo VII.
Se pueden encontrar multitud de alusiones a ese espíritu de Reconquista casi desde su origen, tenemos ejemplos como la Crónica silense de principios del siglo XII en la cual se plasma la idea de continuidad política en los reinos cristianos con una patria visigótica perdida tras la invasión musulmana. Además otros reyes como Alfonso VI oy Alfonso VII el Batallador se declararon emperadores de España (Imperator totius Hispaniae), las alusiones constantes a España también son numerosas, lo cual demuestra ese afán de recuperar la patria perdida, que ya existía antes de la invasión musulmana de una forma claramente definida.
También en el siglo XI se contextualiza otro texto de sentido muy similar que registra una crónica árabe más tardía, obra del autor magrebí Ibn Idhari. En dicho texto, Fernando I, conde de Castilla y rey de León, aparece dirigiéndose en los términos siguientes a los habitantes de Toledo cuando trataba de lograr que le pagasen las parias o tributos que quería imponerles:
    «Nosotros hemos dirigido hacia vosotros [sufrimientos] que nos procuraron aquellos de los vuestros que vinieron antes contra nosotros, y solamente pedimos nuestro país que nos lo arrebatasteis antiguamente, al principio de vuestro poder, y lo habitasteis el tiempo que os fue decretado; ahora os hemos vencido por vuestra maldad. ¡Emigrad, pues, a vuestra orilla [allende el Estrecho] y dejadnos nuestro país!, porque no será bueno para vosotros habitar en nuestra compañía después de hoy; pues no nos apartaremos de vosotros a menos que Dios dirima el litigio entre nosotros y vosotros».
Estos y otros textos que contienen obras medievales muy diversas permiten comprobar que las elites políticas y religiosas cristianas concibieron el proyecto de combatir a los musulmanes y de liquidar su presencia en territorio peninsular. Se trata de un hecho perfectamente documentado y que está fuera de toda duda.
El término "Reconquista" dependerá en gran medida de si  se considera al cristianismo de las coronas cristianas pleno y bajo-medievales herederas del cristianismo alto-medieval. Ellos desde luego lo pensaban y las órdenes militares que se implicaron en ella (como los templarios) también, así como el mismísimo Vaticano. Incluso los musulmanes entendían una continuidad en este cristianismo de entonces con el de los visigodos. Solo un dato. Tras la caída de la ciudad de Toledo ante las tropas de Alfonso VI en 1085, los andalusíes pidieron ayuda a los almorávides para detener el avance cristiano. ¿Por qué la voz de alarma se produjo tras la toma de Toledo y no otra ciudad o territorio? Toledo era la vieja capital del Reino de los Visigodos, y marcaba un punto de inflexión moral en el equilibrio de fuerzas entre religiones en la Península Ibérica. O sea que incluso los musulmanes tenían en mente la lejana estructura política visigótica previa a la llegada de ésta religión a la Península Ibérica y sabían las implicaciones morales que tenía perder esta ciudad.
Por otro lado alegan a la desesperada que una reconquista no puede durar 800 años, sin tener en cuenta las circunstancias propias de la situación. La Reconquista duró tanto por muchos factores, no fue una guerra convencional como tal. Los reinos cristianos durante los primeros siglos eran pequeños y no tenían la fuerza suficiente como para conquistar toda la península de golpe, puesto que tenían menos poder militar que los musulmanes, de hecho ya fue un milagro que aguantaran y no fueran barridos por la horda islámica. Además, fue un proceso que debía ser largo por obligación, era lógico que entre los reinos cristianos se crearan enfrentamientos, al igual que entre los musulmanes, además de amenazas externas como la francesa. No todos los reyes tenían la voluntad de avanzar y preferían la estabilidad, otros querían pero no podían, otros se guiaban más por sus intereses personales, etc, todo proceso histórico bélico de cierta duración tiene altibajos, las cruzadas y los reinos latinos, o la guerra de los cien años serían ejemplos de ello. Cabe destacar que durante este proceso se dieron peridos de paz y cohabitación (pero no convivencia, la gente vivía al lado, pero raramente se mezclaba), a finales del siglo XI , los almorávides expulsaron a muchos cristianos de zonas en las vivían desde el siglo IV. 
Para más inri, los ocho siglos de "dominación musulmana" no fueron tales, ya que a mediados del siglo XIII la reconquista ya estaba llegando casi a su final, solo quedaba por conquistar el Emirato de Granada con una superficie de unos 35.000 km2 (un 7 % del total de España), el cual aguantó dos siglos más, gracias a su posición geográfica, al pago de tributos y a la ayuda militar de los benimerines.

Europa Ancestral

domingo, 22 de marzo de 2020

Series históricas para ver durante la cuarentena

Carlos, Rey Emperador (Imperio Español, Siglo XVI)

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Roma (Julio César, Imperio Romano)

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The Last Kingdom (Reino de Wessex y las invasiones vikingas)

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Isabel (Reyes Católicos, Siglos XV-XVI)

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Los Tudor (Enrique VIII, Siglo XVI)

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The Terror (Imperio Británico, Siglo XIX)

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Hijos del Tercer Reich (Alemania, Segunda Guerra Mundial)

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Hatfields & McCoys (Guerra Civil americana, Siglo XIX)

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Yo, Claudio (Imperio Romano)

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lunes, 2 de marzo de 2020

Menéndez Pelayo: el abuelo de la derecha tradicionalista española

Pocos se acuerdan ya de aquella sectaria directora de la Biblioteca Nacional que, borracha de furia progresista, ordenó retirar una estatua de Menéndez Pelayo. Eran los tiempos de Zapatero, claro. El caso es que, gracias a aquel disparate, muchos españoles, contraeducados en la tiranía del pensamiento único progre, descubrieron entonces la existencia de Menéndez Pelayo. Y aprendieron, tal vez, que ese era el nombre de uno de los mayores sabios de la Historia de España; una torre cuya sombra sigue dando cobijo a nuestra cultura, a pesar de esa cuadrilla de ratones que roe inútilmente sus cimientos. Un tipo, don Marcelino, de inteligencia superdotada, que hablaba ocho lenguas antiguas y modernas, con una capacidad de trabajo descomunal y una memoria tan portentosa que podía recitar al pie de la letra un libro que acababa de leer. Un auténtico genio.
¿Por qué aquella saña contra don Marcelino? Por una razón muy simple: Menéndez Pelayo es el principal referente intelectual de la derecha tradicional y católica española. Como tal, su pensamiento fue recogido por Acción Española y, después, por influyentes sectores del régimen de Franco. Terribles delitos que convirtieron a don Marcelino en un autor “maldito”, condenado al olvido: por políticamente incorrecto. ¿Y tan incorrecto es? Hoy sí, sin duda. Pero precisamente por eso nos interesa.

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El niño prodigio

¿Quién era Marcelino Menéndez Pelayo? Vamos a empezar por el principio. Estamos en Santander, en 1868. Un periódico local, La abeja montañesa, ha publicado un acertijo para que los lectores se rompan la cabeza. Reza así: ¿Qué ocurrió en España en la segunda hora de la segunda mitad del segundo día del segundo mes del segundo año de la segunda mitad del segundo siglo del establecimiento de la dinastía de Doña Isabel II de Borbón? Es un laberinto. Nadie lo sabe. ¿Nadie? No: al día siguiente, 23 de junio de 1868, un niño de once años responde al problema:
Al Sr. Director de La Abeja Montañesa. Muy Sr. mío: Ha llamado mi atención el problema histórico que insertan ustedes en el n.º 143 de su apreciable periódico, y después de haber pensado un poco sobre ello, me parece que el hecho más notable ocurrido en España en la 2.ª hora de la 2.ª mitad del 2.º día del 2.º mes del 2.º año de la 2.ª mitad del 2.º siglo del establecimiento de la dinastía de Doña Isabel II de Borbón, o sea el 2 de Febrero de 1852, a las dos de la tarde, es la tentativa de regicidio del cura Merino contra la persona de nuestra actual soberana. Suplico a Vd. dispense la libertad que se toma su afectísimo…”.
Ese zagal de once años que resolvió el acertijo era Marcelino Menéndez Pelayo, un auténtico niño prodigio. Estudiante privilegiado, su vida va a transcurrir inclinada sobre los libros. Hay autores de los que puede narrarse una vida azarosa. De Menéndez Pelayo, no: su vida es su obra, porque no quiso vivir de otra manera. Pero esa obra es un monumento.
Tratándose de un intelectual puro, la pregunta clave es cómo llegó Menéndez Pelayo a definir su pensamiento, sus propias posiciones; cuándo y cómo decidió defender las ideas que iba a defender. Para descubrirlo tenemos que situarnos entre 1871 y 1875. España vive los años turbulentos de la revolución, que ha derrocado a Isabel II en 1868, y la regencia; la monarquía artificial de Amadeo de Saboya y después, en 1873, la caótica I República. Marcelino es por entonces un adolescente; por su inteligencia privilegiada ha entrado en la universidad con apenas 15 años. El ambiente cultural de España está dominado por el krausismo y la masonería.
Menéndez Pelayo estudia en Barcelona entre 1871 y 1873. En ese año pasa a la Universidad de Madrid, y aquí se llevará uno de esos disgustos que le marcan a uno la vida: el catedrático de Metafísica Nicolás Salmerón, progresista y krausista, nombrado presidente de la I República, decide suspender a todos sus alumnos y les obliga a repetir curso sin haberlos examinado. Marcelino se toma semejante arbitrariedad como una afrenta, un desprecio. Si ya de por sí estaba predispuesto negativamente hacia el krausismo, la actitud despótica de Salmerón terminó de enemistarle con la izquierda española.

Escoger partido

Como suele ocurrir en la vida, detrás de los grandes tropiezos se esconden grandes venturas. Menéndez Pelayo dejó la Universidad de Madrid, fue a terminar sus estudios a Valladolid y allí encontró al que habría de ser su principal mentor y consejero: su paisano Gumersindo Laverde, catedrático de Literatura y decano de Filosofía. Don Gumersindo conoció a Marcelino y se quedó impresionado por aquel jovencísimo pozo de ciencia. Le adoptó como discípulo. Fue don Gumersindo quien orientó a Menéndez Pelayo hacia el partido neocatólico, de carácter conservador. Fue también él quien protegió al joven talento. La carrera de Marcelino puede desarrollarse sin trabas. En 1874 se licencia con premio extraordinario (¡tenía sólo 18 años!) y acto seguido emprende un viaje por bibliotecas de Portugal, Italia, Francia, Bélgica y Holanda. Vuelve a España en 1877 y al año siguiente ya es catedrático de la Universidad de Madrid; con sólo 22 años.
Armado con unos conocimientos oceánicos, Menéndez Pelayo comienza a escribir. Le guía un principio fundamental: poner en valor la cultura española, la herencia tradicional que los modernos pretenden marginar. Para don Marcelino, esa tradición es la vida misma, sin la que España moriría. Él lo explicaba así:
“Presenciamos el lento suicidio de un pueblo que, engañado por gárrulos sofistas, emplea en destrozarse las pocas fuerzas que le restan, hace espantosa liquidación de su pasado, escarnece a cada momento las sombras de sus progenitores, huye de todo contacto con su pensamiento, reniega de cuanto en la Historia hizo de grande, arroja a los cuatro vientos su riqueza artística y contempla con ojos estúpidos la destrucción de la única España que el mundo conoce, la única cuyo recuerdo tiene virtud bastante para retardar nuestra agonía. Un pueblo viejo no puede renunciar a su cultura sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil”.
En 1876 escribe La ciencia española, una reivindicación de la tradición científica en España. Al año siguiente publica un trabajo puramente filológico: Horacio en España, análisis de las traducciones de Horacio en nuestra literatura. Y en 1880 empieza una de sus obras más importantes: la monumental Historia de los heterodoxos españoles. Ese mismo año ingresa en la Real Academia Española. El joven académico apenas tiene 24 años.
En la Historia de los heterodoxos españoles hay que detenerse, porque es una obra capital. La idea había partido, una vez más, de Gumersindo Laverde, su mentor. Don Gumersindo quería que Marcelino escribiera unas semblanzas de célebres herejes o heterodoxos españoles. Pero esa idea, en manos de Menéndez Pelayo, termina convirtiéndose en ocho tomos de 500 páginas cada uno, donde se ejecuta un repaso profundísimo de la tradición católica española y de sus adversarios: los heterodoxos. Don Marcelino explica la vida espiritual española hasta el siglo XV, las herejías medievales, el Renacimiento, los brotes de protestantismo, el trabajo de la Inquisición, los judaizantes, las hechicerías, los afrancesados, la influencia de la Revolución Francesa… Todo ello lo hace nuestro autor desde una perspectiva estrictamente católica, y es aquí donde Menéndez Pelayo llega a la conclusión de que la historia de España sólo puede entenderse como la de una nación esencialmente católica, más aún: si prescindimos de la catolicidad, España no tiene sentido; si España dejara de ser católica, se desharía. Estas son sus famosas palabras:

“España, evangelizadora de la mitad del orbe; España, martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio, esa es nuestra grandeza y nuestra unidad… no tenemos otra”.

Buscar lo permanente

No fue la única obra monumental de don Marcelino. De hecho, todo en él es monumental. Entre 1883 y 1891 publica cinco tomos de la Historia de las ideas estéticas en España, completísimo compendio de la estética literaria y artística a lo largo de la tradición cultural española. En 1890 comienza a publicar las Obras de Lope de Vega en trece tomos y una extraordinaria Antología de poetas líricos castellanos de la Edad Media: el Arcipreste de Hita, Villena, Jorge Manrique, etc. A partir de 1905 publica los tres tomos de su estudio sobre los Orígenes de la novela, centrado en las imitaciones de La Celestina en el siglo XVI. Y habría más obras; en particular, cuatro tomos de una Antología de poetas hispano-americanos que son una exhaustiva historia de la poesía hispanoamericana y que, por cierto, fueron celebradísimos en América.
Tan ingente producción no le impidió destacar en la vida pública. Entre 1884 y 1892 fue diputado a Cortes, y luego senador, por la Universidad de Oviedo y por la Academia Española. En 1898 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, cargo que ocuparía hasta 1912. En 1905 fue propuesto para el Nobel. Desde 1909 dirigió la Real Academia de la Historia.
Lo más notable de la obra de don Marcelino es que su trabajo de historiador no se agota en una mera cronología, sino que siempre aspira a encontrar lo permanente, aquellos elementos que marcan una continuidad, una columna vertebral inmutable. Eso lo vio muy bien Eugenio D’Ors, que lo explicaba así:
“Cuando Menéndez Pelayo se entregaba a la turbulencia dinámica de su esencial espíritu de historiador, pretendía cumplir un programa filosófico presidido por la inspiración más contraria a la Historia, por la inspiración de la Eternidad”.
Para Menéndez Pelayo, en el caso de España la cosa estaba clara: esa columna vertebral inmutable en la Historia, la clave de esa inspiración de eternidad, era el catolicismo. Y Ángel Herrera Oria lo definió con absoluta precisión: “Menéndez Pelayo consagró su vida a su patria. Quiso poner a su patria al servicio de Dios”.
En 1912, con sólo 55 años, Marcelino Menéndez Pelayo se marchó a ordenar la biblioteca del Paraíso. Murió en su ciudad natal, Santander, legando al Ayuntamiento su rica biblioteca particular: cuarenta mil volúmenes que todavía hoy pueden consultarse, porque la biblioteca está abierta al público. Tratándose de quien se trata, no es difícil imaginar cuáles fueron sus últimas palabras en el lecho de muerte:
“¡Qué pena morir, cuando me queda tanto por leer!”.
Lo que queda hoy de Menéndez Pelayo es una obra ingente. Para la cultura española es una referencia ineludible. Y para el pensamiento católico español, sigue siendo una eficaz guía de interpretación de toda nuestra Historia, de lo que España representa en la Historia universal. Por eso quieren derribar la torre de Menéndez Pelayo; no lo conseguirán jamás.

José Javier Esparza

Fuente: La Gaceta