domingo, 12 de enero de 2020

René Guénon y Julius Evola: masonería, "new age" y neofascismo

Un autor, poco conocido por el público en general, viene ejerciendo una notable influencia en ambientes tan distintos, aparentemente, como son los siguientes: sectores de la masonería, grupos ecologistas, estudiosos del simbolismo, seguidores de la llamada "new age", algunos católicos amigos de lo esotérico y ¡grupos neofascistas!
Son muy numerosas las librerías de temática esotérica existentes en España; además, apenas hay librerías de cierta entidad que no reserven un espacio a estas materias. Junto a estanterías que albergan todo tipo de textos de orientación esotérica y "ciencias" afines, suele figurar un espacio importante dedicado a la masonería: libros de todo tipo, estudios históricos, publicaciones internas y semioficiales de algunas obediencias. También es importante la presencia de textos de autores masones con prestigio en ciertas materias (caso de estudios de simbolismo).
Las corrientes "espirituales" que integran el fenómeno actual de la "new age" mantienen una estrecha relación con la masonería. No en vano, comparten una buena serie de principios comunes: subjetivismo moral, sincretismo religioso, individualismo, relativismo filosófico, reducción del cristianismo a "una religión más", deísmo, etc. Así, la "new age" constituiría, en el actual "supermercado espiritual", una vulgarización de los valores masónicos, integrando, en el plano religioso, el pensamiento "políticamente correcto".
A continuación vamos a realizar una rápida aproximación al pensamiento y obra de René Guénon, como concreción de las anteriores afirmaciones, al tratarse de una figura especialmente significativa cuya influencia puede encontrarse en medios muy dispares.

René Guénon.

Este escritor francés, nacido católico en 1886 y muerto musulmán en El Cairo en 1951, es autor de una compleja obra, de pretensiones metafísicas, cuya influencia sigue siendo notable entre masones, ecologistas, neofascistas (de la mano de su discípulo Julius Evola), los autodenominados "tradicionalistas guenonianos", adeptos de la "new age" de todo tipo, incluso entre algunos católicos (franceses en particular) interesados en el esoterismo.
Iniciado muy joven, perteneció a varias logias masónicas, tanto regulares como irregulares. Hermano "dormido" durante muchos años, hasta el final de sus días se consideró masón, conforme su propia interpretación de la "orden".
Según testigos cualificados, el propio René Guénon habría formado parte de una "maestría" secreta, integrada por titulares de grados superiores de la masonería, interesados en un trabajo iniciático y metafísico, alejados de toda pretensión política.
A su juicio, el "depósito iniciático y metafísico" del cristianismo se conservaba en la Orden del Temple hasta su disolución. Algunos templarios se refugiaron en Escocia, ingresando en la Gran Logia Real de Edimburgo. Allí transmitieron sus conocimientos, de donde pasaron a la masonería actual, percibiéndose su influencia en algunos grados de diversos ritos masónicos. Esta interpretación no es asumida por la mayoría de los estudiosos masónicos, que la califican de antihistórica. Pero los discípulos de Guénon hablan de la importancia simbólica e iniciática del "mito", más decisiva que su realidad histórica literal.

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Para Guénon, la tradición iniciática (expresión de la que denomina Gran Tradición Primordial, uno de cuyos reflejos sería el fondo común de todas las religiones o Unidad Trascendente de las Tradiciones) de Occidente, sólo es posible rastrearla en la Iglesia católica que, a su juicio, ha perdido todo sentido esotérico (u oculto), y en la propia masonería. En ésta confluirían, siempre según Guénon, las grandes tradiciones esotéricas occidentales: hermetismo (cuya expresión más conocida sería la de los rosacruces), el pitagorismo (estudios de geometría y arquitectura desde una clave esotérica), el cristianismo (Orden del Temple, algunas prácticas ascéticas y simbólicas) y el judaísmo (la cábala).
En este contexto, la masonería constituiría una vía adecuada para el trabajo iniciático propuesto, de ahí que aprobara la creación de una logia de guenonianos, dentro de la Gran Logia Nacional Francesa, que optaron por esa vía: La Gran Tríada.

Julius Evola.

Uno de los discípulos más aventajados que desarrolla, a partir del anterior Maestro, una línea intelectual propia y de quien arranca una escuela con implicaciones políticas, fue Julius Evola.
Italiano, escritor prolífico, artista, desarrolla una peculiar interpretación del fascismo desde una perspectiva "tradicional", concibiéndolo como un intento desesperado —y no puro-- de retornar a un "orden tradicional", entendido a la manera de Guénon, pero algo más cercano a la civilización cristiana europea. Le proporciona, además de una estrategia, una base teórica elitista y aristocrática, enmarcada en una concepción cíclica de la historia. Sus textos "El fascismo visto desde la derecha", "Los hombres y las ruinas" y su opúsculo "Orientaciones", han sido la guía de muchos militantes neofascistas.
De ahí su atractivo para las jóvenes generaciones neofascistas de la posguerra, que todavía llega a Italia y otros países, en los ambientes de la llamada "tendencia nacional-revolucionaria". En España esta corriente también encontró algunos seguidores, barceloneses los más cualificados (en particular, los promotores de Ediciones Alternativa), entre diversos grupos de la "derecha nacional y radical".
Tanto Evola como Guénon (Ediciones Obelisco de Barcelona ha editado casi todas las obras del segundo autor en castellano) también han sido objeto de particular atención por los seguidores españoles de la "Nueva Derecha", alguno de ellos procedente del neofascismo nacional-revolucionario, al igual que por parte de sus demás correligionarios europeos.

Nota: Este tipo de tendencias esotéricas cripto-masónicas en mayor o menor grado, ha sido promovida por éstos y otros intelectuales especialmente para difundirlas en los ambientes neofascistas llevándolos por un camino que poco tiene que ver con la tradición real de la civilización europea (Europa era conocida hasta hace pocos siglos como Cristiandad), y que como podemos imaginar beneficia a los enemigos del propio fascismo, ya que acercándolos a su propia postura "religiosa" pueden acabar consiguiendo que éstos luchen por determinados fines propios de la masonería, sin sospecha alguna. Cabe destacar que un pagano europeo de la antigüedad poco o nada tiene que ver con este tipo de filosofía esotérica, más al contrario, espiritualmente tenían un pensamiento y unos valores más cercanos al cristianismo. Aun así, lo cortés no quita lo valiente y reconocemos que Evola ofrece algunas ideas muy interesantes y válidas en lo filosófico/político, el problema está en su enfoque espiritual, claramente distorsionado por la moda esotérica de principios del siglo XX de la cual bebió él y otros tantos pensadores de la época.


 

Conclusiones

René Guénon y Julius Evola (éste desde una perspectiva más "política"). Aparentemente coherentes, atractivos y sugerentes, proporcionan herramientas intelectuales para quiénes desean forjarse una cosmovisión "a la carta" de cierta consistencia, cosa que no sucede con muchas variantes actuales de la new age.
Hasta aquí hemos encontrado, sobre todo en lo que respecta al primero de los autores mencionados, buena parte de los ingredientes serios de la "new age".
Para un católico, el camino, la verdad y la vida tiene un rostro concreto: Jesucristo. Y un lugar preciso: la Iglesia católica. Ese rostro y ese lugar son accesibles para todo tipo de hombres, mientras que la "vía Guénon" sólo es posible para unos pocos (tirando de vanidad espiritual, tan propia de la masonería y de otras sectas). La Tradición en la Iglesia es una, su compañía humana es una presencia carnal concreta, y el Magisterio una ayuda permanente. Para la "vía Guénon", cada persona puede ser su propio Maestro, salvo que, de forma que desconocemos, "contacte" con los "Superiores desconocidos" y desarrolle su propio camino como discípulo (punto característico de muchas escuelas new age, empezando por la Sociedad Teosófica de Blavatsky).
De nuevo, la Iglesia (tradicional) es un espacio de humanidad y racionalidad, frente al camino —prepotente y poco humano-- que nos proponen René Guénon y demás inspiradores de la "new age".



 
Fuente: Fernando José Vaquero Oroquieta de www.conoze.com
Este artículo contiene algunas notas añadidas por Europa Ancestral.

 

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martes, 5 de febrero de 2019

Las Cruzadas en defensa de la Cristiandad



Este año se celebraron 924 años del discurso pronunciado por el papa Urbano II en el concilio de Clermont de 1095 donde en una proclama encendida y solemne llamó a los cristianos de occidente, ricos y pobres por igual a marchar en asistencia de los peregrinos que sufrían constantemente los ataques de las hordas musulmanas y que cada vez iban a más. También se lanzaban a auxiliar a sus hermanos ortodoxos en Bizancio contra la amenaza de la expansión musulmana, la cual había comenzado décadas antes.
Es en 1071 en Mazinkert donde el Imperio Bizantino sufre una derrota humillante a manos de los turcos selyúcidas, perdiendo el control de prácticamente todo su territorio al este del estrecho de los Dardanelos. Con su capital de Constantinopla directamente amenazada, la Ortodoxia griega decidió ignorar sus diferencias dogmaticas y políticas con el catolicismo romano y en marzo de 1095 llega a oídos de Urbano II su pedido de ayuda.
Para este papa responder a dicho llamado es una oportunidad perfecta; profundamente disgustado con la corrupción producida de la venta y compra de cargos eclesiásticos  así como de la administración de los sacramentos, Urbano pregonaba un regreso a las raíces monásticas y humildes de la cristiandad primitiva pero sin desviación doctrinal alguna (a diferencia de algunas herejías que hacían llamados parecidos para justificar sus despropósitos), el apoyo a las artes y el cuidado de los pobres y enfermos. Esta leve desconexión con los valores fundacionales del Cristianismo es provocada en parte debido a los estrechos lazos que muchos obispados tenían con el poder secular (léase los nobles locales), en contraparte existia una corriente de reformismo a la cual Urbano II estaba alineado, conocida entonces como las reformas benedictinas, en nombre de la orden religiosa que las pregonaba.
Otro problema que la guerra santa ayudaría a resolver era el conflicto interno, las luchas intestinas y eternas entre las nobleza medieval era algo intolerable para Urbano, pues representaba una violación de la Paz de Dios, que estipulaba el carácter piadoso de aquellos que no participaran en conflictos contra sus hermanos, el pueblo cristiano debía estar unido y redirigir toda su "agresividad" contra un enemigo externo e infiel era una buena forma de canalizar dicha belicosidad y frenar las luchas estériles dentro de Europa.
Esta lucha entre el poder clerical y el secular será parte de la tónica del Concilio de Clermont, donde entre otras cosas Urbano II excomulgará al rey Felipe I de Francia por casarse adúlteramente con una mujer también casada. Pero su discurso final será un llamado a la “raza de los francos” a luchar contra los musulmanes para recuperar Tierra Santa (Jerusalén), la proclama ¡Deus Vult! (Dios lo quiere) será el grito de batalla del papa a los cruzados, prometiendo el perdón divino de los pecados:
“Que los que se hayan acostumbrado injustamente a librar una guerra privada contra los fieles ahora vayan en contra de los infieles y terminen con la victoria de esta guerra que se debería haber comenzado hace mucho tiempo. Que aquellos que durante mucho tiempo, han sido ladrones, ahora se conviertan en caballeros. Que aquellos que han estado luchando contra sus hermanos y parientes ahora luchen de una manera adecuada contra los bárbaros. Que aquellos que han estado sirviendo como mercenarios para la pequeña paga ahora obtengan la recompensa eterna. Que los que se han desgastado a ellos mismos en cuerpo y alma ahora trabajan para un doble honor”
Hoy por hoy, lo políticamente correcto es analizar las cruzadas como guerras libradas más por intereses políticos y económicos que por causas de la fe, algo muy alejado de la realidad. Nadie puede negar su impulso religioso, especialmente en esta primera instancia, es genuino, por primera vez hay un elemento común que une a los diversos elementos dispares de las sociedades medievales europeas, en una era llena de conflictos como la transición entre la Alta y Baja Edad Media, la búsqueda de un enemigo doctrinal externo era posiblemente la mejor apuesta para lograrlo, aprovechando la frágil situación por la que pasaban los peregrinos y Bizancio. Así fue como la era de las Cruzadas comenzó, una nueva etapa en la que los europeos terminarían un largo proceso interno, conformándose un fuerte lazo de unión entre los diversos pueblos europeos de la Cristiandad, para empezar a mirar hacia afuera, hacia lo foráneo y desconocido, como la tierra de la oportunidad para el prestigio, la gloria y la absolución. ¿Podría ser este el primer respiro del espíritu aventurero y defensivo que Europa adoptará en siglos venideros? Seguramente, puesto que la historia siempre tiende a repetirse. Las cruzadas en defensa de la Cristiandad pese a la mala imagen que se le ha dado en los últimos siglos por parte de los enemigos de la Iglesia y a veces incluso por parte de algunos cristianos movidos por la ignorancia y la ingenuidad (o por esa más que dañina "adaptación a los tiempos" que tanto les gusta a algunos para su comodidad) sirvieron para unir Europa más que nunca, así como para alcanzar un alto nivel espiritual que se hacía patente en todos los estratos sociales.


Caballero de Occidente