Desde hace más de un siglo, ciertos círculos esotéricos han convertido el nombre de Hiperbórea en sinónimo de continente perdido, patria de razas superiores o centro espiritual del mundo. Sin embargo, nada de todo esto aparece en la Antigüedad. Lo que para algunos ocultistas modernos es una geografía sagrada, para los griegos fue simplemente un mito poético. En la tradición clásica, Hiperbórea jamás fue un continente real ni la cuna de ninguna humanidad primordial. Heródoto, Píndaro o Pausanias hablan de una tierra situada más allá del viento Bóreas, un lugar idealizado unido simbólicamente a Apolo y a la imagen de una vida larga y feliz. No hay civilizaciones desaparecidas, ni razas puras, ni centros iniciáticos. La Hiperbórea antigua es literatura simbólica, un eco de la Edad de Oro, no un mapa oculto de la prehistoria.
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| La mayor parte de ocultistas situaban Hiperbóreaen el Polo Norte, otros lo hacían en el interior de la Tierra. |
La mutación moderna comienza a finales del siglo XVIII y principios del XIX, cuando ciertos autores franceses y europeos empiezan a fantasear con lenguas primordiales y sabidurías perdidas. En este ambiente destaca Fabre d’Olivet, un personaje profundamente ligado al mundo masónico y paramasónico de su época. No fue un simple simpatizante: se movió en logias del rito escocés, conocía sus ritos, y frecuentó círculos martinistas, iluministas y herméticos que buscaban una tradición universal originaria. Su reconstrucción de una “lengua adánica”, su filología imaginaria y su obsesión por encontrar un saber primordial encajan perfectamente en el clima esotérico masónico de la Francia postrevolucionaria. D’Olivet no inventa el hiperboreanismo, pero sí prepara el terreno intelectual donde luego germinarán las fantasías de la Teosofía.
La responsable de convertir Hiperbórea en un continente perdido y en la patria de una raza espiritual es Helena Blavatsky. Su sistema de “razas-raíz” nace de una mezcla personalísima de hinduismo mal comprendido, gnosticismo popular, esoterismo masónico y pura imaginación. Aunque las logias masculinas no admitían mujeres, Blavatsky recibió reconocimientos honoríficos de la masonería de rito adonhiramita e incluso afirmó haber alcanzado un grado masónico irregular. El detalle no es menor: su obra teosófica respira el sincretismo masónico de su época, desde la idea de una tradición primordial hasta el simbolismo universalista que emplea en La Doctrina Secreta. Lo que hace Blavatsky es tomar el mito griego, vaciarlo y rellenarlo con un sistema cosmológico propio, presentándolo como verdad oculta.
En el amanecer del siglo XX, los círculos völkisch alemanes — Guido von List, Liebenfels y otros— toman la construcción de Blavatsky y la deforman aún más, añadiendo runas mágicas, racialismo ario y un delirio pseudohistórico sobre migraciones árticas y razas solares. Incluso autores posteriores como Guénon o Evola, pese a sus críticas a la Teosofía, no logran escapar del molde blavatskiano y reinterpretan su continente inventado como un “centro polar” metafísico igualmente sin base histórica.
El contraste es evidente. La Hiperbórea auténtica está en los textos griegos y es mito poético. La Hiperbórea moderna es una construcción esotérica reciente, nacida en ambientes masónicos y ocultistas del siglo XIX, sin raíces reales en ninguna tradición antigua.
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